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Fue un delantero excepcional que brilló en dos grandes equipos del mundo:
Nacional y River Plate de Argentina. Es difícil describir a un jugador de las característica de Walter Gómez. Quiso al fútbol con pasión y lo elevó a ser un arte. Sus pisadas, moñas, quiebres de cintura o taquitos eran las notas de la sinfonía que creaba en cada partido. Fue creador y definidor. Hizo goles y los dió con gran generosidad a sus compañeros. Le pegaba con las dos piernas y cabeceaba bien pese a su mediana estatura. Era hábil en espacios reducidos y tenía un pique corto pero demoledor. Nació el 12 de diciembre de 1927 por Propios y Mateo Cabral. Juega en Central y rápidamente integra, con 17 años, la Selección Uruguaya. En 1946 pasa a Nacional integrando una gran delantera: L. E. Castro, él, Atilio García, Porta y Zapirain. Es titular de la Selección y candidato a jugar el Mundial de 1950. En un clásico a comienzos de 1949
agrede a un juez y es suspendido por un año. Nacional lo transfiere a River
Plate argentino, pasa a jugar de 9 y fue ídolo
millonario hasta 1956. Titular indiscutido, verdugo de Boca en la propia
Bombonera, figura entre los grandes de su historia. Posteriormente pasa al Palermo de
Italia, vuelve a Nacional en 1959, juega en el fútbol colombiano y deja de
jugar en 1963 cuando defendía al Deportivo Galicia de Venezuela. Se radicó definitivamente en Buenos Aires, trabajando
en el Monumental de River, el estadio donde tantas veces deleitó a la
hinchada con su juego. |