Publicado en el diario "El Pueblo" el 22 de febrero de 1938

La otra noche entre "pinchas" de La Plata
                                                                                                            
                                                                                                                Wing (Diego Lucero)

   Hacía tres años lungo que mi socio y yo –familiares a todos los fierros, alambres, árboles y parecitas que permitieran ver una cancha donde hubiesen movimientos de tamangos, piques de globas y estrize de canillas que define a los varones- no íbamos atras de un cuadro de futbolers orientales a jugarnos la parada en tierra extraña.

   Muchas biabas tan seguidas pusieron su cenicita blanca sobre la brasa del entusiasmo rojo candente; muchas tundas repetidas trajeron ese aflojamiento natural que provoca la repetida contra; mucho de ese de volver al terruño con la jeta hinchada y la bolsa llena, impusieron el alto a los que éramos seguidores de todas las banderas futbolísticas, con tal de que fueran orientales. Como cuando estás en la rueda e`monte y tenés que parar porque se dan todas judías y te secan, así, mi socio y un servidor dimos el alto en aquel caminar sin fallar una atrás de los colores favoritos.

   Es entonces que por donde menos esperás se produce el fenómeno. Un cuadro de Nacional que más parece una agrupación de crudos que un conjunto de campeones, se va a presentar a jugar el Campeonato Nocturno.
  ¿Por qué no se van hacer hervir, manga e´mafras! –dijeron los de los taluse en previsión de las goleadas que se avichinaban.
   Un gran revuelo entre los asociados que acusan con religiosa puntualidad el mango y pico de la tarjeta mensual, parecía querer obligar a los Dires, tirar la esponja y plantar bandera en el Campeonato a la encandilada. 
   Las opiniones eran encontradas. “hay que saber esperar”, batían unos. Y los más broncones le retrucaban con su impaciente: “aquí no hay tiempo que perder”.

   Pero en el Parque, en el viejo Parque amado, cuna primero y cama ancha después, donde el varoncito se acamaló con la gloria, había un “gringo” que escondido atrás de su pipeta, silencioso, reflexivo, paciente, venía preparando con aquel material derrotado en el final del Campeonato del 37, el milagro de una resurrección luminosa, con ardiente sangre joven y algunos templados corazones veteranos. Un remiendo por acá, una puntada por allá, el cuadro de los albos jazmines del país, fue largado al reñidero y empezó a ganar. En la primera pareció chiripa. En la segunda, ya fue asunto serio. Lo demás se hizo solo. Entonces, mi socio y yo, ya no pudimos resistir el arrastre de seguir a cancha extraña y a donde fuera, a un cuadro como en el tiempo de oro,cuanto más lejos del terruño estaban más jugaban; cuanto más cuanto mas bravas eran las contras, más se crecían para defender la tradición bravía de la patria chica.
   Y atrás de Nacional –vencedor en el clima poco propicio de Buenos Aires contra Independiente y en la atmósfera fiera de Rosario –pagos de los Don Chicos - contra Newell’s, nos fuimos a La Plata, la última prueba de sangre y fuego que le faltaba al conjunto que mister Raiside agarró crudo y lo va poniendo a punto despacito. 

   En Colonia un abrazo al “alemán” Celli, el patriarca de Newell’s. Hacía una punta de tiempo que no nos veíamos. Pero estas cosas del sport son así. Los tipos que sellaron la amistad en líos de tamangos y goles, es como aquellos que estuvieron juntos en la gayola: jamás dejan de ser amigos. La vida y los caminos distintos los separan. Al tiempo, en una cancha, en un puerto, en una estación cualquiera, en un boliche turbio o en una “casa mala” se ritroyan, se abrazan y enseguida se ponen a hablar de fobal.
   Recuerdo que una noche del año 1936 en un bodegón de Pamplona, encontramos a Iruleguy, “El expreso de Irún” . Dos años antes había estado en Montevideo con un cuadrito de gaitas que se llevó sus ricas goleadas y sus buenas pesetas. Apenas nos vimos, nos relinchamos. Había guerra, todo era triste y sombrío en aquella España alegre y heroica. Pero para nosotros en aquel momento no había más que fútbol. Y hablamos de chutes y de balones.... 

   Estamos en La Plata, todo parece cambiado. Nacional llegó a Buenos Aires y no recibió ni siquiera la cortesía de un saludo telefónico. Llegó a La Plata con el prestigio de su tradición gloriosa: con la jerarquía deportiva adquirida en 38 años de actuación activa  y principal; con la justa gama de haber sido siempre cordial y exquisito con cuanta visita llegó hasta su sede; y si todo eso no valiera ya nada para los tiempos ásperos que corren, mecachendie, el equipo que arribaba era puntero invicto del torneo.
   Más, nada de todo eso alcanzó a conmover a los frígidos miembros de C.D.platense. Ni una persona en la estación!...La delegación de Nacional tiene que esperar en la puerta del Estadio. No la dejan entrar. Le exigen credenciales. Los porteros no tiene orden .....
   Finalmente, logran traspasar la puerta de acceso, pero nadie los acompaña y Hughes, Fullgraff y Antuña Pozzolo se instalan en un escalón de la tribuna...
  ¿Pero es posible que este club sea aquel mismo, el capitán de cuyo primer equipo era el caballero Carlos Galup Lanús?.¿Es posible que sea el mismo club compuesto por los estudiantes platenses y en cuyas filas formaban el pelado Galandra, el nene Nery y Nolo Ferreira, sportman de la pura laya, de los que al final de la lucha, vencidos o vencedores, extendían la mano leal y amiga, al adversario?
  ¿Qué se hicieron aquellos hombres y aquel espíritu de los alegres muchachos de la Universidad de La Plata, que entre soda y serio fundaron un club que por su pujanza fue grande y también fué, por levantados gestos y nobles actitudes?.
   ¿Pa’qué corno sirven esa piscina resplandeciente, esas glorietas floridas y ese ambiente pituco que parece predominar en el Estadio de la calle 1, si después los bacanes que tiene la dire del club, son tan fuleramente descorteses con una visita distinguida que llega de lejos?.
  Y entonces si los de arriba son así, decime un poco vos, qué se puede esperar de los de abajo?

   Cuando la barra “pincharrata”, tendida a todo lo largo y ancho de la popular hacía crujir los tablones de la grada al grito acompasado y salvaje de “leña!.. leña!...” no hacía más que ponerse a tono con los galerudos del palco de los sillones de cuero.
   Pero podrían chillarla fuerte los de la merza “pincha” pidiéndole a los suyos que hicieran labrar con violencia los marrones; podrían ponerse roncoronis reclamando cadáveres contrarios para ver si se arrugaban los que ellos llaman carne de paloma; podrían pedir cualquier cosa...que allí, en la alfombra de la cancha engramillada había once fieras de blanco que en vez de achicarse ante la imposición del pedido, se levantaban como leche en el hervor.
 
   Y Faccio, como aquel pelandra del tango, interpretaba a veces las cosas al revés; se creía que era a él, a quien le pedían que hiciera sonar canillas tirando a más de un macaco al suelo.
   Es que eso sí que es como jugar con fuego! Ricardo Faccio, aquél que al grito de “avanti regazzi” llevó la escuadra italiana a la victoria una tarde en Viena después de veinte y dos años que los gringos no le podían ganar a Austria, miren si se va a achicar ante el grito de los que piden guerra desde atrás de los alambres!.

   Y podrían ser muchos y muy aguerridos los que pedían el hígado de Atilio García y la zabeca del juez. Podrían gritar hasta ponerse tristes, los diez mil “pincharratas” que levantaban presión alrededor de la cancha; pero allá en un rincón de la popular había diez o doce orientales uniformados de blanco; diez o doce marineros del “R.O.U.. Uruguay” con sus casacas y sus leones de reglamento, que al rugido de aquella masa fiera, levantaban el grito de “Nacional pa’todo el mundo”!...Eran diez pintas blancas entre el negrear de los tablones, que gritaban con voz de ñaca y de guindado más que todos, así como las otras diez casacas blancas, adentro del pasto, imponían contra todo, la ciencia tamanguera de Scarone y el coraje charrúa de Abayubá.
                                                                                                                        Salute “pinchas”.