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Hacía
tres años lungo que mi socio y yo –familiares a todos los fierros,
alambres, árboles y parecitas que permitieran ver una cancha donde
hubiesen movimientos de tamangos, piques de globas y estrize de
canillas que define a los varones- no íbamos atras de un cuadro de
futbolers orientales a jugarnos la parada en tierra extraña.
Muchas
biabas tan seguidas pusieron su cenicita blanca sobre la brasa del
entusiasmo rojo candente; muchas tundas repetidas trajeron ese
aflojamiento natural que provoca la repetida contra; mucho de ese de
volver al terruño con la jeta hinchada y la bolsa llena, impusieron
el alto a los que éramos seguidores de todas las banderas futbolísticas,
con tal de que fueran orientales. Como cuando estás en la rueda
e`monte y tenés que parar porque se dan todas judías y te secan, así,
mi socio y un servidor dimos el alto en aquel caminar sin fallar una
atrás de los colores favoritos.
Es
entonces que por donde menos esperás se produce el fenómeno. Un
cuadro de Nacional que más parece una agrupación de crudos que un
conjunto de campeones, se va a presentar a jugar el Campeonato
Nocturno.
¿Por qué no se van hacer
hervir, manga e´mafras! –dijeron los de los taluse en previsión de
las goleadas que se avichinaban.
Un gran revuelo entre
los asociados que acusan con religiosa puntualidad el mango y pico de
la tarjeta mensual, parecía querer obligar a los Dires, tirar la
esponja y plantar bandera en el Campeonato a la encandilada.
Las opiniones eran encontradas. “hay que saber
esperar”, batían unos. Y los más broncones le retrucaban con su
impaciente: “aquí no hay tiempo que perder”.
Pero en
el Parque, en el viejo Parque amado, cuna primero y cama ancha después,
donde el varoncito se acamaló con la gloria, había un “gringo”
que escondido atrás de su pipeta, silencioso, reflexivo, paciente,
venía preparando con aquel material derrotado en el final del
Campeonato del 37, el milagro de una resurrección luminosa, con
ardiente sangre joven y algunos templados corazones veteranos. Un
remiendo por acá, una puntada por allá, el cuadro de los albos
jazmines del país, fue largado al reñidero y empezó a ganar. En la
primera pareció chiripa. En la segunda, ya fue asunto serio. Lo demás
se hizo solo. Entonces, mi socio y yo, ya no pudimos resistir el
arrastre de seguir a cancha extraña y a donde fuera, a un cuadro como
en el tiempo de oro,cuanto
más lejos del terruño estaban más jugaban; cuanto más cuanto mas
bravas eran las contras, más se crecían para defender la tradición
bravía de la patria chica.
Y atrás de Nacional –vencedor en el clima poco
propicio de Buenos Aires contra Independiente
y en la atmósfera fiera de Rosario –pagos de los Don Chicos
- contra Newell’s, nos fuimos a La Plata, la última prueba de
sangre y fuego que le faltaba al conjunto que mister Raiside agarró
crudo y lo va poniendo a punto despacito.
En
Colonia un abrazo al “alemán” Celli, el patriarca de Newell’s.
Hacía una punta de tiempo que no nos veíamos. Pero estas cosas del
sport son así. Los tipos que sellaron la amistad en líos de tamangos
y goles, es como aquellos que estuvieron juntos en la gayola: jamás
dejan de ser amigos. La vida y los
caminos distintos los separan. Al tiempo, en una cancha, en un puerto,
en una estación cualquiera, en un boliche turbio o en una “casa
mala” se ritroyan, se abrazan y enseguida se ponen a hablar de fobal.
Recuerdo que una noche
del año 1936 en un bodegón de Pamplona, encontramos a Iruleguy,
“El expreso de Irún” . Dos años antes había estado en
Montevideo con un cuadrito de gaitas que se llevó sus ricas goleadas
y sus buenas pesetas. Apenas nos vimos, nos relinchamos. Había
guerra, todo era triste y sombrío en aquella España alegre y
heroica. Pero para nosotros en aquel momento no había más que fútbol.
Y hablamos de chutes y de balones....
Estamos
en La Plata, todo parece cambiado. Nacional llegó a Buenos Aires y no
recibió ni siquiera la cortesía de un saludo telefónico. Llegó a
La Plata con el prestigio de su tradición gloriosa: con la jerarquía
deportiva adquirida en 38 años de actuación activa y principal; con la justa gama de haber sido siempre cordial
y exquisito con cuanta visita llegó hasta su sede; y si todo eso no
valiera ya nada para los tiempos ásperos que corren, mecachendie, el
equipo que arribaba era puntero invicto del torneo.
Más, nada de todo eso
alcanzó a conmover a los frígidos miembros de C.D.platense. Ni una
persona en la estación!...La delegación de Nacional tiene que
esperar en la puerta del Estadio. No la dejan entrar. Le exigen
credenciales. Los porteros no tiene orden .....
Finalmente, logran
traspasar la puerta de acceso, pero nadie los acompaña y Hughes,
Fullgraff y Antuña Pozzolo se instalan en un escalón de la
tribuna...
¿Pero es posible que este club sea
aquel mismo, el capitán de cuyo primer equipo era el caballero Carlos
Galup Lanús?.¿Es posible que sea el mismo club compuesto por los
estudiantes platenses y en cuyas filas formaban el pelado Galandra, el
nene Nery y Nolo Ferreira, sportman de la pura laya, de los que al
final de la lucha, vencidos o vencedores, extendían la mano leal y
amiga, al adversario?
¿Qué se hicieron aquellos
hombres y aquel espíritu de los alegres muchachos de la Universidad
de La Plata, que entre soda y serio fundaron un club que por su
pujanza fue grande y también fué, por levantados gestos y nobles
actitudes?.
¿Pa’qué corno
sirven esa piscina resplandeciente, esas glorietas floridas y ese
ambiente pituco que parece predominar en el Estadio de la calle 1, si
después los bacanes que tiene la dire del club, son tan fuleramente
descorteses con una visita distinguida que llega de lejos?.
Y entonces si los de arriba son así, decime un poco vos, qué
se puede esperar de los de abajo?
Cuando
la barra “pincharrata”, tendida a todo lo largo y ancho de la
popular hacía crujir los tablones de la grada al grito acompasado y
salvaje de “leña!.. leña!...” no hacía más que ponerse a tono
con los galerudos del palco de los sillones de cuero.
Pero podrían
chillarla fuerte los de la merza “pincha” pidiéndole a los suyos
que hicieran labrar con violencia los marrones; podrían ponerse
roncoronis reclamando cadáveres contrarios para ver si se arrugaban
los que ellos llaman carne de paloma; podrían pedir cualquier
cosa...que allí, en la alfombra de la cancha engramillada había once
fieras de blanco que en vez de achicarse ante la imposición del
pedido, se levantaban como leche en el hervor.
Y Faccio, como aquel pelandra del tango, interpretaba a
veces las cosas al revés; se creía que era a él, a quien le pedían
que hiciera sonar canillas tirando a más de un macaco al suelo.
Es que eso sí que es
como jugar con fuego! Ricardo Faccio, aquél que al grito de “avanti
regazzi” llevó la escuadra italiana a la victoria una tarde en
Viena después de veinte y dos años que los gringos no le podían
ganar a Austria, miren si se va a achicar ante el grito de los que
piden guerra desde atrás de los alambres!.
Y podrían ser muchos y muy aguerridos los que pedían el
hígado de Atilio García y la zabeca del juez. Podrían gritar hasta
ponerse tristes, los diez mil “pincharratas” que levantaban presión
alrededor de la cancha; pero allá en un rincón de la popular había
diez o doce orientales uniformados de blanco; diez o doce marineros
del “R.O.U.. Uruguay” con sus casacas y sus leones de reglamento,
que al rugido de aquella masa fiera, levantaban el grito de
“Nacional pa’todo el mundo”!...Eran diez pintas blancas entre el
negrear de los tablones, que gritaban con voz de ñaca y de guindado más
que todos, así como las otras diez casacas blancas, adentro del
pasto, imponían contra todo, la ciencia tamanguera de Scarone y el
coraje charrúa de Abayubá.
Salute “pinchas”.
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