|
|
|
|
PEDRO CEA, UN CRACK DE LA ERA ROMÁNTICA Diego Lucero |
|
|
Pedro Cea, el vasquito Cea, como siempre se le conoció en las canchas, en los tablones, en las esquinas y en los boliches de Montevideo, fue un tipo representativo de aquella muchachada que hizo famoso por el mundo el fútbol rioplatense. Porque la generación de futbolistas orientales a la que perteneció el celebrado vasquito que acaba de morir en su querida Montevideo coincide con aquella otra inolvidable de los grandes jugadores argentinos que va de Merico Tesorieri al negro Gabino Sosa y del señor Ludovico Bidoglio a Manuel Ferreira, doctor en fútbol. Fue la época de los grandes futbolistas laburantes, cuando todavía se jugaba por la camiseta, se amaba al club del barrio y por él se luchaba, y por él, porque representaba un ideal, si a uno le pedía la vida la vida le daba. Era cuando se jugaba por divertimiento, cuando el fútbol era pretexto para el canyengue y la alegría. Porque el entretenimiento no era otra cosa que esperar "el pito de las 5", cuando las fabricas anunciaban que había terminado la jornada de fajina, y era correr a los campitos, a los descampados que entonces abundaban, a armar el "picado" que duraba hasta que hubiera luz, mientras iba llegando despacito, como en puntas de pie, la noche callada. El vasquito Cea nació y se hizo famoso en el barrio del Arroyo Seco, un barrio igual a los otros; la estación del tranguay, la casa del diputado, el castillo de los Muñoz (don Daniel Muñoz fue durante muchos años embajador del Uruguay ante el gobierno argentino), junto a cuyas rejas que cercaba la quinta del castillo, noviaba el escultor José Luis Zorrilla de San Martín, el que no termina nunca el monumento a Artigas, cuyo pedestal espera en la Avenida Libertador. Además, en el barrio estaba la fábrica de cerveza y hielo. Y el vasco Cea, a la manera de aquellos personajes llenos de ternura de "Corazón", de Edmundo de Amicis, pudo ser llamado El "yelerito" porque era uno de los pibes que, colgados del pescante del carro vendedor de hielo, con un cacho de bolsa en las manos para que el hielo no se las quemara, corría a repartir mercadería casa por casa. El carro del "yelero" paraba en una esquina. Ahí se fraccionaban las "barras". Y los chicos "Los yeleritos" damichianos, tal una bandada de gorriones, se dispersaban corriendo, llevando en las manos, brillante, fulgurante le cristalino trozo de hielo que tenía algo de cristal de roca, algo de piedra preciosa. Junto al vasquito Cea, también apilado en el pescante del "yelero", iba otro chico que de grande también fue famoso: era el manquito Castro, que ya por entonces había perdido una de sus manos... Pedro Cea y Héctor Castro "El Manco", se van haciendo grandes y juegan en el club del barrio, el "Lito F.C.", colores azul y rojo como los de San Lorenzo. No pasa nada. Pero en 1922, reflejo y derivación del cisma del fútbol argentino entonces en plena virulencia, el fútbol uruguayo se divide. Peñarol va por su lado. Es el rebelde. Nacional queda fiel a la institución madre. Es el constitucionalista. Se dividen varios clubes, entre ellos el Lito. Uno queda en la Asociación. Ahí juega Cea. El otro se va a la Federación. Ahí juega el manco Castro. Aquel cisma dio oportunidad a la revelación de muchos jugadores noveles, que no podían levantar cabeza porque tenían delante a los grandes mitos. Y al formarse el equipo oriental que debía disputar el Sudamericano de 1923, aparecen en el cuadro celeste algunos nombres que hicieron después historia: Andrés Mazzali, José Nasazzi, José Leandro Andrade, Pedro Petrone, José Pedro Cea... Por ese entonces, "El yelerito" ya no corría llevando el diamante del trozo de hielo; ya era el que manejaba el carro, cortaba las "barras" y cobraba, cuando el kilo de hielo costaba un vintén... (dos guitas). Aquel equipo del 23, gana el Sudamericano. Como único pago. los jugadores recibieron la promesa de viajar a Europa a jugar el campeonato olímpico... En tercera clase, pero una tercerola, abominable, viajaron en 1924, a descubrir Europa. Y en París, en el torneo donde, se disputaron los laureles olímpicos, el vasquito Cea, una pieza maestra en el equipo, infatigable en el ir y venir atrás y adelante, maestro en el pase, gambeteador sobrio y preciso y un coraje sereno para la lucha, aguerrido como ninguno, corajudo hasta la temeridad, templado, aguantador, porque no hubo golpe que apagara en su rostro su sonrisa, fue en aquel tim victorioso el hombre al que le tocó sacar a su equipo de los trances más difíciles: empatar la cuenta cuando les tocó ir perdiendo en aquellos decisivos partidos por eliminación... Llegó siempre con el empate salvador en la hora mágica. Y por eso se le llamó "el empatador olímpico". En la semifinal de París, 1924, Uruguay jugó contra Holanda. Y los holandeses madrugaron, sacaron ventaja colocándose 1 a 0 y dale que dale, el ataque celeste no podía quebrar la resistencia de los súbditos de la entonces reina Guillermina. El arquero se llamaba Van der Moulen. Y como era el tiempo cuando se usaban las mascotas, había colgado un conejo de trapo en la red. Era su amuleto. En la hora desesperada, el vasquito Cea se fue solo abriendo camino a pata y pulmón y cuando estuvo en posición de tiro, empalmo a toda capellada la globa a la que le dio con la pata y con el alma. La redonda pasó la línea fatal y pegó en el conejo que fue a parar a los yuyos. Se había quebrado el embrujo. Cea había empatado. Fue un 6 de junio. Uruguay ganó y pasó a la final. Fue campeón olímpico. 1928. Ámsterdam.
Campeonato olímpico. Semifinal de serie. Uruguay-Italia. Los azzurri
tenían un cuadro de alto mérito. Hacía rato que su noble corazón había empezado a fallarle. Era uno más de la lista de aquellos deportistas que, sin entrenamiento adecuado porque tenían que laburar por el diario marroco, hacían en las canchas esfuerzos desproporcionados con su preparación; esfuerzos desproporcionados, por puro amor propio, por puro amor al club y a la patria, con las consecuencias inevitables de las dilataciones de corazón que convierten un titán en un ser frágil como el cristal. Ahora...descansará a la sombra de un ciprés, junto a sus viejos compañeros en el Panteón de los Olímpicos. Hizo historia. Fue un gran jugador y un gran amigo y seguramente, por las canchas del cielo, ya andará paseando su fino humor y su sonrisa. Allá se habrá encontrado con Juan Botasso, con el Marqués Paternóster, con Pepe Nasazzi con Scarone, con aquellos sus compañeros y amigos de una generación que no tuvo par y será, por eso, para siempre inolvidable. |
|