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En Kabul, la
capital de Afganistán, los escenarios desoladores se repiten sin
interrupciones. Guerras internas, invasiones externas, conflictos
diversos. Todo aportó para que el paisaje se deshiciera, para que
las grietas y los escombros se apropiaran de cada porción de
territorio. Allí, desde las alturas del Tapa Maranjan, hay espacio
para un asombro: en un terreno verde, que en algún tiempo fue campo
de golf para ocio de los poderosos de turno, los hombres jóvenes
juegan cada tarde al fútbol. Como si se tratara de una tregua en
tiempos devastadores. Corren, patean, hasta dejan escapar alguna
sonrisa, invariablemente dosificada por la presencia implacable del
riguroso régimen talibán, que no deja resquicio sin
vigilancia.
Enfrente hay un emblema de estos tiempos: el
estadio Ghazi, en algún momento, el lugar más importante para el
deporte de este país de padeceres hondos. Allí cada viernes se
ejecutan, apalean, apedrean y golpean a todos los hombres que el
régimen talibán entiende como inapropiados. El martes es el
turno de las mujeres. Ocurre que el viernes es considerado un día
santo y por lo tanto —según las creencias del régimen— las
mujeres no merecen ser castigadas en ese día. La gente es obligada a
concurrir, como si tal cosa legitimara atrocidades. Se cercan las
calles con vallas y todos los caminos conducen al estadio, donde
camionetas 4x4 pobladas de talibanes con armas inmensas se encargan
de ordenar, con ojos prepotentes, dominantes. Ahí también hay un
lugarcito para el asombro: el domingo hay fútbol. Hay gente que
quiere ser gente corriendo detrás de ella, que anda haciendo
piruetas, asociando personas, provocando un instante de paz. Ella es
otra costumbre. Un remanso entre tantos dolores.
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