Publicado en Clarín 10/2001

     
     

La pelota de fútbol y la guerra

     

  

   
  En Kabul, la capital de Afganistán, los escenarios desoladores se repiten sin interrupciones. Guerras internas, invasiones externas, conflictos diversos. Todo aportó para que el paisaje se deshiciera, para que las grietas y los escombros se apropiaran de cada porción de territorio. Allí, desde las alturas del Tapa Maranjan, hay espacio para un asombro: en un terreno verde, que en algún tiempo fue campo de golf para ocio de los poderosos de turno, los hombres jóvenes juegan cada tarde al fútbol. Como si se tratara de una tregua en tiempos devastadores. Corren, patean, hasta dejan escapar alguna sonrisa, invariablemente dosificada por la presencia implacable del riguroso régimen talibán, que no deja resquicio sin vigilancia.

Enfrente hay un emblema de estos tiempos: el estadio Ghazi, en algún momento, el lugar más importante para el deporte de este país de padeceres hondos. Allí cada viernes se ejecutan, apalean, apedrean y golpean a todos los hombres que el régimen talibán entiende como inapropiados. El martes es el turno de las mujeres. Ocurre que el viernes es considerado un día santo y por lo tanto —según las creencias del régimen— las mujeres no merecen ser castigadas en ese día. La gente es obligada a concurrir, como si tal cosa legitimara atrocidades. Se cercan las calles con vallas y todos los caminos conducen al estadio, donde camionetas 4x4 pobladas de talibanes con armas inmensas se encargan de ordenar, con ojos prepotentes, dominantes. Ahí también hay un lugarcito para el asombro: el domingo hay fútbol. Hay gente que quiere ser gente corriendo detrás de ella, que anda haciendo piruetas, asociando personas, provocando un instante de paz. Ella es otra costumbre. Un remanso entre tantos dolores.
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