El habitante 

“El Habitante”, Luis Martínez debutó en la primera divisional de Nacional contra Universal el 29 de julio de 1223, con un triunfo de 3 a 0. Jugó 71 partidos hasta el año 1929.

Julio César Pupo “El Hachero”

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El Habitante - El Hachero
 Escribió bajo este seudónimo durante muchos años en Mundo Uruguayo, El País. La Tribuna Popular, Pelo Duro, Fútbol-Actualidad, Marcha y otros periódicos y revistas.  Publicó Crónicas del Hachero (Editorial Nueva América), Ese mundo del bajo (Editorial Arca), Nueve contra once (Editorial Arca 1976).

 La invasión del Estadio por la mujer había apitucado a Nacional. Caprichosa concurrencia de voces femeninas, la novedad de los pañuelitos blancos volando como mariposas en las tribunas y, en los labios de ellas todos los nombres terminaban en ito, cuando aparece en la línea media la rústica y singular figura de Luis Martínez, el Habitante. Alto, enjuto, endurecido por la intemperie; su cara sin expresión que parece hecha de palo -no de madera, que seria distinto-, hasta su mismo apodo sugiere clandestinidad y misterio.

Habitante de la Cancha de los Güesos, Larrañaga y Ramón Anador; al lado, una laguna fangosa, y a espaldas de la Escuela Veterinaria, hace cuarenta y tantos años era de los lugares donde los hombres probaban su coraje, cruzándola de noche. Allí, en una casilla de lata, vivía el negro Gancho, entre sus perros hambrientos y los huesos de los animales que él mismo faenaba para las bestias de Villa Dolores caballos en su casi totalidad- y los que utilizaban los estudiantes en sus prácticas.

También él, enigmático, callado como una sombra, vestido de trapos rotos, siempre desnudos sus pies enormes. Ahora, arregladita y pulcra, rodeada de ligustros, esa cancha pertenece a Salud Pública; antes, separada de la calle sólo por un hilo de alambre y unida a ella por el mismo barrizal, era de Solferino, el cuadrito surgido de Rivera y Miguel Barreiro. Había allí una panadería; terminada su jornada diaria, el patrón cerraba las puertas y reunía a los amigos alrededor de una pizza elaborada por él mismo. La pequeña dificultad de darle nombre se solucionó con el almanaque:

     -Hoy se cumplen años de la batalla de Solferino -apuntó alguien, y así se llamó el cuadro que más tarde contara en sus filas con elementos como Alvaro Gestido, Denis, el zurdo Aguiar, el Habitante Martínez, en distintas épocas.

     Martínez llegó a Nacional por el año 33. Pese a su aspecto arriscado y duro no pudo evitar que su nombre fuera incorporado a los itos y así comenzó a ser Luisito. En esos días tallaban en el puesto jugadores tan difíciles de superar como Magno, Faccio, Andreolo, Chifflet. Pero el club se ve enfrentado a problemas y tiene que recurrir al Habitante.

Se le concede la primera chance casi al final de la temporada y al año siguiente, 1934, puede considerarse titular y su nombre alcanza enorme popularidad al darle el empate a su club nada menos que contra Peñarol: 1 a 1. Martinez se pone en boga; su nombre es coreado por labios de mujeres, que son precisamente las que imponen las modas; el Habitante es casi un amuleto.

Pero el fútbol paga muy mal esa deuda que contrae con sus defensores más consecuentes y un día el hombre no rinde lo que se exige y ahí nomás, en su propia cara, sin disimulos de ninguna clase, se manda buscar un reemplazante y, siempre adelante suyo, viene a producirse la situación que no quisiera atravesar nunca, de «ver que a tu lado se prueban la ropa que vas a dejar». Este sustituto era el brasileño Fausto.

     El viejo Parque Central vivía una mañana tensa de curiosidad y de duda, aquel otoño de 1935; allí estaba a prueba ese negrito de cara de mono y piel de elefante, que vendría a solucionar el grave asunto del centrojás. Luis Martínez estaba también allí, en uno de los bandos, y en su alma inocente y medio salvaje debe haberse despertado un instinto primitivo de conservación.

Siempre fue peleando que el hombre consiguió algún derecho y, frente a ese usurpador que, sin pelear, por simple convenio hablado o escrito venía a desplazarlo, habrá sentido el impulso atávico de disputarle pecho contra pecho el privilegio. Es así que, ni bien lo tiene a tiro, le manda un hachazo como para dividirlo en dos. El macaco viejo abrió los ojos, asombrado ante el expresivo mensaje, y sonrió, tal vez burlón, quizás para hacerse simpático. Pero el rostro imperturbable del Habitante no movió un músculo. La sonrisa rebotó y, como quien dice, fue al óbol; la guerra estaba declarada francamente entre el indio y el conquistador. Primitivo, torpe, feroz, aquel; hábil, maniobrero, inteligente, el extranjero. Cada vez que recibió la pelota, Martínez fue en procura del rival. La peinó, la hizo picar, lo invitó, lo buscó al otro que, lo mismo que todos los que presenciamos la pugna, adivinaba sus propósitos y lo evitaba. Hasta que se encontraron en una acción decisiva. Agil, fino, se adelantó el morenito en campo del criollo. Parecía una victoria; la pelota apenas tocaba sus pies. Era la oportunidad para salirle, pues. Y arrancó el Habitante en una atropellada furiosa, de toro, removiendo la tierra con las pezuñas, reboleando desde lejos esa pierna de palo que parecía dormida, dura como una cachiporra. Se levantó una espesa nube de polvo en la que desaparecieron las figuras. De ella surgió limpio, elegante, casi alado, el moreno con la pelota dominada en los pies, en tanto Martínez quedaba ahí, pegado de barriga en el suelo, los ojos desencajados, una mueca de consternación y dolor. Algunos rieron, pero otros sintieron la intensidad del drama del indio frente al usurpador. Luis había tomado una actitud franca, llana, como todas las suyas, como la que adoptara en aquel nocturno en el mismo año, contra Gimnasia y Esgrima, aunque de distinto sentido.

     Marcó un gol cuando iban perdiendo por dos y la gente pareció no creer lo que estaba viendo. Corrió desesperado a buscar el abrazo de sus compañeros que también, sin salir de su asombro, medio le quitaban el cuerpo, como si estuviera loco, hasta no ver sancionado el tanto por el juez. Recién entonces se prodigaron en felicitaciones. Nadie podía prever lo que iba a ocurrir seguidamente; el partido se había puesto pesado, los hombres, a desgano, apenas hacían por la riña y el público cambiaba de asiento, que es la señal más cierta de aburrimiento. En ese descarte, Martínez recibe un pase, y él -probablemente el único que todavía tomaba en serio la lucha- manda un taponazo con alma y vida, sin medir la dirección, y la pelota se va a las nubes. Pareció que ese redondel blanco llegaba a los reflectores y los sobrepasaba y se sumía en la negrura del cielo. Algunos levantaron la cabeza para verlo bajar; era como una luna de teatro. Cuando volvimos a interesarnos fue que se produjo lo imprevisible: el golero sale a recibir esa luna, ella le pega en los dedos, los vence y se desvía hacia adentro del arco, fugaz como un aerolito. El Habitante, lo mismo que todos, miró eso, confundido, azorado. Recién después que sonó el pito y el referee señaló el centro del campo, se convenció de la verdad y levantó los brazos, dio un par de brincos en el aire y perdió pie y zambulló de cara en el suelo. Ya no pudo seguir jugando; tuvo que abandonar. Una vez más se había expresado el alma sencilla, ingenuota, del extraño Habitante de la cancha ‘e los güesos.

     Esa noche hubo comida en el rancho de Anador y Propios. Los que vichaban desde la calle esperaban que el jugador de moda estaría rodeado de esos amigos vocingleros, de cuello y corbata, que nunca faltan a los cracks. Pero no: ahí, en un silencio casi religioso, sentados uno en la cama, otro en un cajón, otro en el piso, estaban tres o cuatro lanudos, alumbrados más por la luz del primus que por la débil lamparita eléctrica, con la cara entre las manos, esperando que terminara de cocinarse una tortilla de cuatro dedos de alto, para festejar, sacándose el hambre, al buen camarada de la Cancha de los Güesos.

 Publicado en el Semanario Marcha, 20/6/64