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“El Habitante”, Luis Martínez debutó en la primera divisional de Nacional contra Universal el 29 de julio de 1223, con un triunfo de 3 a 0. Jugó 71 partidos hasta el año 1929.
Julio
César Pupo “El Hachero” |
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Cuentos publicados El Descubrimiento - Prof. Leonardo Garet EL “GENERAL” DON MANUEL ROVIRA URIOSTE Y SU ÉPOCA Dr. José María Delgado Juan Polti -Half back Horacio Quiroga Bolsilluda hasta la muerte - Rosa Luna El Habitante - El Hachero |
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La
invasión del Estadio por la mujer había apitucado a Nacional.
Caprichosa concurrencia de voces femeninas, la novedad de los pañuelitos
blancos volando como mariposas en las tribunas y, en los labios de ellas
todos los nombres terminaban en ito, cuando aparece en la línea media la rústica
y singular figura de Luis Martínez, el Habitante. Alto, enjuto, endurecido
por la intemperie; su cara sin expresión que parece hecha de palo -no de
madera, que seria distinto-, hasta su mismo apodo sugiere clandestinidad y
misterio.
-Hoy se cumplen años de la batalla de Solferino -apuntó alguien, y
así se llamó el cuadro que más tarde contara en sus filas con elementos
como Alvaro Gestido, Denis, el zurdo Aguiar, el Habitante Martínez, en
distintas épocas.
Martínez llegó a Nacional por el año 33. Pese a su aspecto
arriscado y duro no pudo evitar que su nombre fuera incorporado a los itos y
así comenzó a ser Luisito. En esos días tallaban en el puesto jugadores
tan difíciles de superar como Magno, Faccio, Andreolo, Chifflet. Pero el
club se ve enfrentado a problemas y tiene que recurrir al Habitante.
El viejo Parque Central vivía una mañana tensa de curiosidad y de
duda, aquel otoño de 1935; allí estaba a prueba ese negrito de cara de
mono y piel de elefante, que vendría a solucionar el grave asunto del
centrojás. Luis Martínez estaba también allí, en uno de los bandos, y en
su alma inocente y medio salvaje debe haberse despertado un instinto
primitivo de conservación.
Marcó un gol cuando iban perdiendo por dos y la gente pareció no
creer lo que estaba viendo. Corrió desesperado a buscar el abrazo de sus
compañeros que también, sin salir de su asombro, medio le quitaban el
cuerpo, como si estuviera loco, hasta no ver sancionado el tanto por el
juez. Recién entonces se prodigaron en felicitaciones. Nadie podía prever
lo que iba a ocurrir seguidamente; el partido se había puesto pesado, los
hombres, a desgano, apenas hacían por la riña y el público cambiaba de
asiento, que es la señal más cierta de aburrimiento. En ese descarte, Martínez
recibe un pase, y él -probablemente el único que todavía tomaba en serio
la lucha- manda un taponazo con alma y vida, sin medir la dirección, y la
pelota se va a las nubes. Pareció que ese redondel blanco llegaba a los
reflectores y los sobrepasaba y se sumía en la negrura del cielo. Algunos
levantaron la cabeza para verlo bajar; era como una luna de teatro. Cuando
volvimos a interesarnos fue que se produjo lo imprevisible: el golero sale a
recibir esa luna, ella le pega en los dedos, los vence y se desvía hacia
adentro del arco, fugaz como un aerolito. El Habitante, lo mismo que todos,
miró eso, confundido, azorado. Recién después que sonó el pito y el
referee señaló el centro del campo, se convenció de la verdad y levantó
los brazos, dio un par de brincos en el aire y perdió pie y zambulló de
cara en el suelo. Ya no pudo seguir jugando; tuvo que abandonar. Una vez más
se había expresado el alma sencilla, ingenuota, del extraño Habitante de
la cancha ‘e los güesos.
Esa noche hubo comida en el rancho de Anador y Propios. Los que
vichaban desde la calle esperaban que el jugador de moda estaría rodeado de
esos amigos vocingleros, de cuello y corbata, que nunca faltan a los cracks.
Pero no: ahí, en un silencio casi religioso, sentados uno en la cama, otro
en un cajón, otro en el piso, estaban tres o cuatro lanudos, alumbrados más
por la luz del primus que por la débil lamparita eléctrica, con la cara
entre las manos, esperando que terminara de cocinarse una tortilla de cuatro
dedos de alto, para festejar, sacándose el hambre, al buen camarada de la
Cancha de los Güesos.
Publicado en el Semanario
Marcha, 20/6/64 |
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