Publicado en el Semanario Brecha

FUTBOL, PASION IDENTITARIA

Los gozos y las sombras

Con la Sub 20 tocamos el cielo, con los mayores nos hundimos en el infierno. Entre la alegría y el encono, Uruguay hace sus cuentas futboleras, que siempre van más allá del fútbol.

Rosalba Oxandabarat

Tanto la euforia como la tristeza desataron la verborragia, las definiciones, los veredictos. Diablos, ¿es el fútbol, como decía una canción que se puso de moda durante la Copa América del 95, "el" arte de este país? ¿El factor privilegiado de la mentada identidad nacional?

Es fantástico, el fútbol. Perdida o bastardeada, la épica que alentó la imaginación de los antiguos pueblos, once tipos enfrentando a otros once tipos detrás de una pelota, concentran la fuerza, la habilidad y el acuerdo capaces de revivir esas olvidadas pasiones de grupo.

Ahora, arte, identidad y épica están para el país pequeño en menguada situación. La frustración acarreada por la selección "mayor" sucedió casi inmediatamente a la fiesta que trajeron los chicos. El país racionalista que sin embargo cree en los milagros tuvo la oportunidad de verificar qué poco duran. A veces, la Virgen no aparece. Pero los uruguayos siempre esperan, no una joven milagrosa en una gruta, sino una pierna sólida que surgiendo inesperada en el entrevero lance el tiro salvador.

"¿Por qué va a ser sólo nuestra identidad?", dice Soledad, desde sus 21 años. "Todos los países se fanatizan igual por el fútbol. Acá se festejó tanto porque aunque se pasen diciendo que los uruguayos son grises, tristes, no es verdad. No festejamos porque nunca hay nada que festejar, pero apenas hay algo, zas, salimos a la calle. Lo que pasa es que éste es un país carente de alegrías nacionales."

TESORO ESCONDIDO

El historiador Gerardo Caetano recuerda el cuidado que hay que tener con la palabra "identidad". Cuando se la nombra surge la perspectiva esencialista, se busca un conjunto de referentes idiosincrásicos para referir una identidad que apela a la cohesión, al inmovilismo. Los estudios culturales y de ciencias sociales tienden ahora a percibir la idea de identidad como un construc-to inacabado e inacabable, que para permanecer debe ser apto para cambiar, agrega.

"Con esos recelos la idea de asociar una actividad como un rasgo esencial de la identidad de un pueblo tiende a ser peligrosa y a generar equívocos. Por cierto que desde fines del siglo xix y sobre todo en el xx -ya el británico Eric Hobsbawm lo ha señalado- el fútbol ha sido muchas veces un escenario de afirmación nacionalista. En el caso uruguayo, por muchas razones, se ha constituido en una manifestación muy central de esta sociedad. Un pasado de gloria, que da al país una posición de privilegio en el mundo, vinculado a la idea de una sociedad con un pasado de oro en términos políticos, sociales y económicos", piensa Caetano.

Tiempo hubo, no tantas décadas atrás, en que el uruguayo que visitaba Europa sólo era ubicado en su especificidad si se evocaba Maracaná. La copia en chiquito de la Argentina que resultábamos -en el mejor de los casos- cobraba "identidad" a la luz de la celeste. ¿Cómo no festejar todo lo que señale a aquello, y padecer por lo que lo aleja?

"Ni tanto ni tan poco", reflexiona la escritora y crítica Alicia Migdal, para quien en el mundo actual los grandes rituales pasan por lo político, lo deportivo o la música rock. Deporte y música son hechos sensitivos y hasta sensuales, y permiten esa evasión transitoria que mientras dura trae el disfrute, el placer, dice.

"Me acuerdo de mi hijo, cuando sufría, porque a esa generación le tocó los papelones, le tocó Borrás, y yo pensaba que no debería ser posible que cada cuatro años, por la celeste, o por la copa o lo que sea venga esa angustia, ese desgaste. Y él me contestaba: así es la pasión. He pensado mucho en eso, y me da rabia la gente que desprecia el fútbol, que lo identifica con las vidrieras rotas. Creo que la gente tiene derecho a poner pasión en el fútbol, que es una de las pocas imágenes de representación de lo colectivo que hay. Los uruguayos también tenemos la política, pero de alguna manera la representación simbólica de la política está en remojo, como entre paréntesis."

Caetano coincide en que los uruguayos, por diversas razones, han transferido un conjunto de expectativas a la política y el fútbol. Las dos instancias a las que un número significativo de ciudadanos se siente articulado son el día de las elecciones y cuando Uruguay juega un mundial o una eliminatoria. "Eso ha llevado a desarrollar una relación bastante exótica con la política y con el fútbol, ámbitos identificatorios de los que el uruguayo medio espera mucho más de lo que se puede esperar, y esto los ha dramatizado en exceso, obteniéndose picos de euforia, absolutamente desmesurados, y picos de bajón total. Hay que desdramatizar la política y el fútbol y rescatarlos de esa idea inmovilista, esclerosada, de identidad nacional, dejar que esas dos actividades -muy centrales en cualquier sociedad- puedan recuperar su verdadera dimensión, importante sin duda, pero que no puede ser que absorban a otras. Al f&u Roberto Cancro, joven artista plástico que se apronta a viajar a París en usufructo del premio Toulouse Lautrec de la embajada de Francia, siente la reacción indirecta a ese peso histórico. En los campeonatos internacionales -dice- "a nosotros nadie nos quiere, que somos chicos, que somos pobres... Cuando lo de la Sub 20 me pegó que un comentarista que debe tener 50 años haya confesado en público que el sueño de toda su vida fue gritar un gol en una final. ¿Te das cuenta? Esperar eso toda la vida...".

Migdal intuye que Maracaná nos mató, que es una gloria atrofiada. "La gente que juntaba la plata para ir a Rio, los dirigentes que se volvían antes de la final, para no sufrir no sé qué. Esa cosa tan artesanal, voluntarista. Y los suicidios de brasileños, todo junto, yo creo que es demasiado para nosotros."

Para Caetano, el sobredimensionamiento del fútbol ha llevado al uruguayo a hacerse más observador que participante, a creerse un buen deportista porque mira todo el tiempo partidos por televisión, con un escaso sentido lúdico del deporte. Su práctica, que debería ser gozosa, al estar articulada con otras cosas, cambia, incluso en partidos de barrio.

El músico y poeta Mauricio Ubal señala que en Uruguay la pasión por el fútbol, origen de una de las emociones sin duda más fuertes, tiene mucho de artístico, de creador. "Te da la posibilidad de ser vos dentro de un equipo, poner un sello, y también formar parte del colectivo. Un jugador solo no gana un partido, pero si el equipo no tiene jugadores de destaque tampoco pasa nada." Por su fuerza, se genera igualmente en torno a este deporte "mucha pavada, algo muy pesado, una especie de ideología de cómo ser".

PONCIO PILATOS, LA COLA TE ATO

Caetano ubica la cuota de esperanza y gratificación que significó el vicecampeonato mundial de la Sub 20 en momentos en que el fútbol en general parecía tocar fondo, creando una sensación muy fuerte de insatisfacción. "En medio de eso uno encuentra una selección juvenil, con todo lo que significa lo joven en una sociedad envejecida, que incluso tiene hasta problemas simbólicos para acordar los premios, y que alcanza un éxito deportivo importante, como es una final del mundo en tiempos de gran competencia y además con una idea interesante: buscando ganar desde jugar bien." Eso le dio a la afición una sensación muy gratificante, cuando la sociedad está como demandando entusiasmo, alegría, buena onda, cuando se necesita creer, cuando hay una demanda de mística. "Hace muchos años que esto está expresándose, que hay una disponibilidad más amplia para los fenómenos religio Migdal sintió que la selección juvenil la tocó con una verificación: acá hay tipos que no se deprimen, que no tienen ese toque melancólico de los grandes. "Una de las cosas que más me llama la atención es ese patrón de conducta. Ves a Francescoli, con todo el amor que le tenemos, y ves que juega y juega y de pronto cae como en una melancolía, que ya no puede más. Y estos de la Sub 20 tienen otra mentalidad, sin tristeza, con ganas, sin la idea de repetir Maracaná."

"El logro de estos botijas es que jugaron para adelante, fueron con su esquema, iban ganando y siguieron, y no calcularon, y perdieron, y bueno, creo que la gente entendió que ésa era una manera linda y sana de jugar", dice Ubal. Y cuenta que volvió a jugar al fútbol y redescubrió el placer de hacerlo, de correr, de disfrutar, se gane o se pierda, y que eso es una de las cosas más lindas que los uruguayos estamos perdiendo.

Además del Carnaval, los uruguayos no tienen muchas oportunidades de fiesta, observa Migdal. Lejanas ya ciertas posibilidades de proyección colectiva, como de repente fue Gardel, o aquella convocatoria que se alcanzaba contra la dictadura en sus últimos tramos, no hay ocasión ni para la fiesta ni para el enfrentamiento. "Una parte de la pasión por el fútbol es la confrontación, tener tus camaradas y con quien pelearte, pasa hasta por llegar a la oficina triunfante, o faltar para no soportar la mirada de los triunfantes. Son sentimientos totalizadores. Están en el límite de lo que no se puede manejar, porque desata emociones primarias. Es un juego tan racional, tan sometido a reglas y al mismo tiempo tiene una gran libertad... Moriré haciendo crítica de cine, viendo centenares de películas americanas, y nunca entenderé la dinámica del béisbol, que a ellos parece apasionarlos tanto."

Caetano subraya que en las sociedades contemporáneas hay mucha demanda de todo lo que sea mágico, y que el fútbol profesional siempre ha tenido una dimensión de irracionalidad muy fuerte. Las cábalas de los jugadores, la apelación a rituales, forman parte de una cantidad interminable de anécdotas. Y eso pese a todo lo que la práctica del fútbol tiene de trabajo y disciplina, incluso en sus reglas, "que son una obra maestra de lógica.".

Para Ubal no es casualidad que el fútbol sea lo más popular. Hay también mucha pasión inducida. "Desde que sos chiquito y tu papá te pone una camiseta hasta que ves montones de partidos todo el tiempo, hay una inducción fuerte para provocar esa suerte de locura colectiva, que al Uruguay le ha servido un poco como catarsis de un montón de cosas, una especie de guerra y circo romano que se monta alrededor. Eso tiene poco que ver con hacer una canción o pintar un cuadro, y sin embargo da placer hacerlo y verlo." Cancro recuerda a los padres que se pelean en un partido de baby y gritan a su nene. "Mi papá me decía pegale así y yo le hacía caso a él y no al técnico."

DESDRAMATIZAR

El fútbol es además un deporte que tiene entre sus características más fantásticas que el azar cuenta, que siempre hay incertidumbre en los resultados, y eso forma parte de la emoción, sostiene Caetano. "Pero si se está jugando la identidad nacional, la soberanía, el pasado de oro, las glorias, la moral, a algo que tiene tanta incertidumbre, lo irracional y lo mágico se imponen. Entonces, los uruguayos ganan porque tienen garra, porque juegan a la uruguaya, una cosa absurda. Hoy también hay una globalización de los estilos del fútbol, una estandarización en el fondo muy sensata. Incluso ya no hay tantas novedades tácticas porque todo se sabe, todo está bastante probado, la preparación física puede equilibrarse. Por supuesto siempre hay rasgos, los brasileños con su juego bonito, etcétera, pero esa apelación a "jugar a la uruguaya", a contramano de como se juega en el r Hay un grave error en eso de mezclar la moral con el fútbol, señala el historiador. Algunos periodistas explican un resultado no tanto por cómo jugaron unos y otros sino por los valores morales que usaron, con una liviandad absoluta. Hablan de responsabilidad, de equilibrio, de entrega a la camiseta. "No me gusta generalizar en ningún campo, y hay muy buenos periodistas, pero ese sobredimensionamiento en los medios, similar a la enorme cantidad de clubes, absurdo para una ciudad como Montevideo, se acompasa con el número de programas deportivos (unos 18 en las radios), y claro, como tienen que hablar tanto, terminan hablando de cualquier cosa. Por otra parte eso tiene su correlato económico: muchos de esos periodistas ganan muy bien, y claro, el fracaso deportivo no ayuda. Para una actividad tan importante para los uruguayos, los relatos que emergen del periodismo, las interpretaciones, son paupérrimas. Si esto estuviera más acotado, también ser Con la televisión los relatos cambian, hay un nuevo código que exige transformaciones. Caetano observa que en estadios con pantallas gigantes, el error del árbitro puede ser constatado por un espectador con el replay, con gran ventaja frente al ser humano que, sometido a una tensión permanente, tiene que fallar al instante. "Obviamente acá hay un desafío que va a llevar en el corto plazo a una transformación del arbitraje, ya se habla de un cuarto árbitro que pueda ver la televisión y recurrir algunos fallos cuando hay dudas. Pero no es fácil, por algo la fifa todavía no terminó de incorporar esa idea. Esta evolución también desafía al periodista a cambiar, y no creo que lo desafíe para mal. En otros países uno ve que complementan muy bien la imagen, acá no se ha visto eso y, aunque no siempre, uno ve la reiteración de muchas ideas falsas, la permanente referencia al pasado co Es la vieja historia, concluye Mauricio Ubal. Con los juveniles se vio cómo sin un proyecto, sin bases de apoyo, en silencio, se vuelve a recuperar ese sentido lúdico, el placer de jugar. "Ojalá cambiemos de cabeza, en el sentido de aprender nuestro lugar. Yo leí hace poco en una revista que un español no podía entender cómo un país de tres millones de habitantes tenía tantos laureles, tantos campeonatos. ¿De qué se quejan?, se preguntaba." Tal vez ni los uruguayos lo puedan entender, y por eso se inventan tantas leyendas.