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Publicado en el Semanario Brecha De festejar se trata El fútbol como excusaHasta hace 30 años a nadie se le ocurría celebrar segundos puestos en ese deporte-orgullo nacional que era el fútbol. La regla se rompió con el vicecampeonato mundial juvenil de Malasia, en 1997, cuando decenas de miles salieron a la calle. El peculiar segundo puesto de Asunción ratificó el nuevo fenómeno. ¿Las ganas de "festejar algo" podrán con todo?Jorge Barreiro/Raúl ZibechiLos festejos del domingo 18 no tuvieron tanto de sorprendente. Apenas Federico Magallanes convirtió el quinto penal contra Chile, asegurando el pase de "la celeste" a la final de la Copa América, todos sabíamos que poco después de la final mucha gente se volcaría sobre 18, independientemente del rival y más allá del resultado. Los uruguayos ya habían festejado el triunfo sobre Paraguay y Chile, pero para el domingo se preparaba la celebración mayor. Poco después de las ocho de la noche, miles de personas comenzaron a hacer confluir sus euforias hacia la plaza Libertad. Preguntarse qué festejaban o por qué lo hacían -para la cultura del Uruguay tradicional es absurdo celebrar una derrota futbolística o un segundo puesto-, parece a estas alturas un ejercicio de lelos o de intelectuales soberbios. Y es que lo importante, quizá, sea no tanto responder esas interrogantes sino describir el cómo de los festejos que parecen irse institucionalizando cada vez que una de las selecciones nacionales de fútbol traspasa los límites de la serie clasificatoria en los que ha estado habitualmente circunscripta en los últimos años. Difícil establecer los barrios de origen de quienes se agolpaban la semana pasada en 18, aunque, por la vestimenta y los estilos, podía adivinarse que la mayoría provenía de las zonas más alejadas del Centro. La edad promedio rondaba los 20 años; pocos, muy pocos, superaban los 25. El porcentaje de chicas no era sensiblemente inferior al de varones y abundaban los niños. Saltaban a la calle enfundados en banderas uruguayas -las había también de Peñarol, de Nacional, de Cerro-. Brincaban, bailaban y, sobre todo, gritaban. O cantaban, o entonaban estribillos entrecortados, esa forma de expresión tan común en las tribunas como en las manifestaciones juveniles. Unos cuantos llevaban las caras embadurnadas de blanco y azul y se movían al ritmo de los tambores. Gestos desafiantes quizá espoleados por la sobreabundancia de policías; actitudes "pesadas", teatralizando una violencia apenas contenida, modos alejados de los que acostumbran las clases medias cultas y educadas. Sorpresa y pico: se grita contra los argentinos. El estribillo inconfundible: "Para los argentinos que lo miran por tevé". El mismo cántico que gritan los estudiantes, pero con "Rama" en lugar de "los argentinos". Y ahí otra pista: como los tambores domingueros, extendidos por toda la geografía urbana, los festejos deportivos combinan diversión y protesta o, por lo menos, exteriorizan una forma de ser que cotidianamente no encuentra espacios para hacerlo. De ahí que los que salen a la calle en ocasiones como ésta sean aquellos a los que habitualmente la sociedad no les reconoce un lugar: los jóvenes de clase media tirando a pobres. Los que no tienen un futuro asegurado, y a veces ni siquiera un futuro, en el Uruguay de la globalización. Los que a fuerza de frustraciones y marginación -más cultural y espacial que económica- van fraguando en la sombra estilos y modos en los que no se reconoce el resto de la sociedad. ¿Una cultura diferente? Quizás. Por ahora, ni más ni menos que un mundo dentro de otro mundo. Que aprovecha las brechas que le brinda la competencia futbolística como excusa para festejar, a su modo y con sus propios códigos. INTERPRETACIONES. En una de sus habituales columnas radiofónicas de opinión, el sociólogo Rafael Bayce se preguntaba por esa inclinación cada vez más frecuente de los uruguayos a celebrar los "triunfos" deportivos. Trátese de campeonatos mundiales, continentales, preolímpicos, juveniles, de mayores, se alcance un cada vez más improbable título, un vicecampeonato o la simple clasificación a un mundial, siempre que haya una oportunidad de festejar (por lo visto escasa en otros ámbitos) se festeja. Incluso aquellos resultados que hace 20 años no hubieran conmovido a nadie. ¿Se puede imaginar siquiera lo que sucedería en 18 de Julio si Uruguay llegara hoy a una semifinal de una Copa del Mundo de mayores? La última vez que ello ocurrió (en el Mundial de 1970, donde se logró un cuarto puesto) en este país a nadie se le movió un pelo. En opinión de Bayce, "un triunfo deportivo representa muchas cosas más, valoradas positivamente. Representa juventud, buena nutrición, salud física y mental, disciplina, habilidad, talento, rendimiento colectivo. En definitiva, habla bien de un país que gana". Ello explicaría, por ejemplo, que durante la Guerra Fría hubiera una competencia en los Juegos Olímpicos en torno al número de medallas que obtenían los países del Este y cuántas los países occidentales. En lo que atañe a Uruguay, Bayce sostiene que cuando en 1986 la encuestadora Gallup hizo un sondeo en todos los países que iban a intervenir en la Copa del Mundo sobre qué probabilidades de ganar le asignaban a su propia selección, los uruguayos eran los que más sobredimensionaban su chance respecto a las posibilidades estadísticas reales. "Todos los países se sobrevaloraban, pero ninguno al grado en que lo hacía Uruguay", comenta Bayce. Entre las causas de este singular fenómeno, el sociólogo señala que el hecho de que sean sólo los eventos futbolísticos y no otros (en los que eventualmente se pusiera de manifiesto el talento vernáculo) los que merecen la pública algarabía, se debe a que "el mejor odontólogo, el mejor arquitecto, el mejor poeta (en el caso de que pudieran elegirse) serían el resultado de una competencia no dramática. En el deporte la competencia es dramática. No sólo se celebra la conquista, sino que se trata de una catarsis, una explosión de los miedos y las ansiedades que se viven antes de y durante el partido". Por lo demás, el triunfo futbolístico "es el triunfo de los que son como nosotros. El que triunfó es un tipo al que podríamos conocer. (...) La gente se reconoce más en la extracción popular del triunfo deportivo que en la extracción de alguna manera elitista, inalcanzable, del triunfo en las artes, las letras o las ciencias". Claro que, de acuerdo con el columnista de El Espectador, estas manifestaciones de júbilo popular también ocurren en Uruguay porque son confirmatorias de "la identidad y los valores nacionales. Se festeja tanto un triunfo deportivo porque hay una marca de identidad muy fuerte y hay una diferencia de dramaticidad y de popularidad en el hecho del triunfo deportivo frente a otros triunfos posibles". Sin embargo, esas supuestas identidades nacionales no parecen haberse modificado sustancialmente en los últimos 15 o 20 años, mientras las exigencias mínimas para el festejo sí se habrían devaluado enormemente. Dicho en otras palabras: o la gente tiene ganas de festejar cualquier cosa, y sólo necesita la coartada que no encuentra en otros ámbitos de la vida social, o ha tomado definitivamente conciencia de que en la era del fútbol moderno, del fútbol/espectáculo, Uruguay ya no volverá a ser campeón. Más vale entonces festejar segundos, terceros y hasta cuartos puestos. Al respecto dice Bayce: "Cuando empezó a no ganarse siempre se empezó a sentir que Uruguay se terminaba como país y que nuestro orgullo y nuestra autoestima se terminaban si no se ganaba en el fútbol. Fue un período muy negro. Porque eso le provocó una carga espantosa a los jugadores de tener que quitar como Andrade, sacar de cabeza como Nasazzi, ser capitanes como Obdulio Varela, hacer los goles exquisitos de Schiaffino, o los goles de Míguez o lo que fuera. Y eso fue muy contraproducente". Hasta que llegó la generación de Víctor Púa, que mandó a parar con el lamento. Primero con los juveniles sub-20 que en Malasia llegaron al vicecampeonato mundial, luego con esta "selección B" sin estrellas, que alcanzó el segundo puesto continental (aunque sea perdiendo tres partidos y ganando uno solo en los 90 minutos). En este sentido, Bayce justifica la mayor ligereza para festejar: "¿Por qué hay que ganarle a Alemania? ¿Por qué hay que bajonearse si no se le gana a Alemania? Es un disparate. La gente empezó a darse cuenta de que hay que festejar aunque no se salga primero". Eso no le impide al sociólogo reconocer que, en el fondo, lo que hay son muchísimas "ganas de festejar algo. La gente quiere festejar cosas". Como quien dice, el nivel en el que se pone el listón para habilitar la fiesta es cada vez más bajo. Lo que no deja de tener su lado positivo en un país tan poco dado a dar vía libre a sus pasiones.
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