Publicado en el Semanario Brecha

LAS BARRAS BRAVAS SE APRONTAN

Es un sentimiento...

El previsible lleno del Estadio el domingo colocará a las barras bravas de los dos grandes en la mira de todos. En caso de incidentes, reflorecerán los análisis sobre este fenómeno. Uno que pasa algo más inadvertido es la presencia cada vez mayor de mujeres en las hinchadas. A ambos temas está dedicado este informe.

Ganar por paliza

Fabio Guerra

  Los contrarios merecen morir, y matarlos provoca un placer imposible de olvidar, proclama la hinchada de Peñarol. La violencia en el deporte insignia de los uruguayos, que cobró una decena de muertos en sesenta años (el primero en 1929, en un partido entre Uruguay y Argentina), denota en sus cantos lo que un historiador definió como apología fascista de la muerte e impulsó hace poco un encuentro de distintos agentes e instituciones comprometidos en su prevención. La primera Jornada Multidisciplinaria del Fútbol Uruguayo* organizada por Dirigentes de Fútbol Asociados (Difa), en la que participaron desde legisladores hasta periodistas (faltó el ministro del Interior), sirvió para comprobar que los esfuerzos parciales, legislativos o represivos, han sido ineficaces frente a un fenómeno de raíces sociales sobre el cual aquí no hay investigaciones académicas. Y a los baches teóricos se unen los infraestructurales. Salvo el Centenario, los estadios uruguayos no están aptos para enfrentar los desafíos derivados de la tan mentada globalización, la importación de violencia vía tevé y la fragmentación social, coincidieron en afirmar Guillermo Piedracueva y Héctor Olmos, dirigentes de Difa.

  Admitido que pretender enmendar la sociedad desde el deporte es utópico se requiere una apuesta a las generaciones jóvenes, a la formación del deportista, al fin y al cabo el único "manejable". Desde 1992 (año en que murió un hincha de Basáñez), la Asociación Uruguaya de Fútbol aplica penas muy duras a los clubes que protagonizan desmanes. Los dirigentes aducen que también se cortó el "surtidor" de entradas gratis para las hinchadas. No sólo porque es una práctica inmoral, sino porque la situación de los clubes ya no lo permite, agregan.

  En materia legislativa, la posibilidad de procesar a los responsables de actos violentos en las canchas choca con la dificultad de probar quién es quién. La ley 16.359 de abril de 1993 otorga a los jueces penales y de menores la facultad de procesar "con arreglo a la convicción moral" que se formen, debidamente fundamentada, y establece, además de las penas correspondientes, la obligación para el imputado de permanecer en la dependencia policial más próxima a su domicilio cada vez que juegue el cuadro de sus amores.

Muchos jueces opinan que la convicción moral es un procedimiento inconstitucional, entre otras cosas porque conlleva el peligro de condenar a un inocente. La Policía ha filmado algunos disturbios y conoce perfectamente a los "jefes" de las barras bravas, pero los magistrados alegan que las filmaciones no constituyen prueba de recibo en la legislación uruguaya, expresó a BRECHA el diputado Daniel Díaz Maynard (EP), redactor e impulsor de la ley 16.359. "En 1993, sensibilizados por la muerte del hincha de Basáñez, argumentamos que se había producido un salto cualitativo en la gravedad de la violencia y que sus responsables debían ser penados de acuerdo con el delito previsto en el artículo 147 del Código Penal, más la medida alternativa de quedar 'presos' durante los partidos. Esto último fue una novedad, aunque el proyecto general sobre estas medidas duerme en el Senado hace dos años después de haber sido aprobado por unanimidad en la Cámara baja".

Como tantas, la ley 16.359 nunca se aplicó, dice Díaz Maynard. Los pocos jueces que han fallado en base a "convicción moral" lo hicieron sin respaldo legal, pese a que usan ese concepto hace sesenta años en otros delitos de difícil prueba, como el proxenetismo. Con todos sus bemoles -reconoce el legislador- este criterio resulta imprescindible hoy en vista de que los jefes de las barras bravas son pocos, identificables, y generalmente utilizan a menores para organizar los desmanes."Y conste que soy un convencido de que las leyes tienen una influencia disuasiva muy relativa en delitos que responden a causas muy profundas. No los vamos a resolver agravando las penas", subraya Díaz Maynard.

Además de esta ley, el artículo 323 del Código Penal establece una pena de hasta 24 meses para quien participe en una riña durante un espectáculo deportivo, a partir de la nueva redacción que incorporó a ese artículo la ley de seguridad ciudadana. Recientemente, a instancias de diputados de todos los partidos, se constituyó una comisión especial de la Cámara para recabar datos e información sobre el deporte que será utilizada con fines legislativos, indicó Díaz Maynard. La preocupación está centrada no sólo en la violencia sino en hechos que demuestran la creciente mercantilización del fútbol. A su vez, en la jornada promovida por Difa, la auf anunció la creación de una Comisión de Seguridad que integrará a organismos estatales, dirigentes, clubes y periodistas.

  Si bien estos esfuerzos son importantes, hay una pérdida generalizada de sensibilidad sobre el tema y en muchos casos, opina el legislador, "la Policía no actúa como debería para reprimir a los cabecillas de los núcleos agresivos. Es una lástima que el ministro (del Interior) Luis Hierro no asistiera a la Jornada, porque hubiera sido muy fructífero discutir estos puntos con él". En cuanto al cese de los estímulos económicos a los hinchas, Díaz Maynard se permite el beneficio de la duda. "Hasta me han llegado testimonios sobre la existencia de hinchadas mercenarias, que se alquilan para ir a distintas canchas", señala.

UN TEMA VIEJO

  Las barras "de alquiler" son una realidad en el fútbol y también en el básquet, donde la menor proporción de público y el contacto casi directo con los jugadores permite a cualquier grupito generar disturbios, dice a BRECHA Juan Canessa, estudiante avanzado de antropología, apasionado por la temática del fútbol desde que era niño e iba a los partidos con su padre y su abuelo, presidente en ejercicio de Peñarol durante dos años. En 1992 Canessa comenzó a profundizar sobre la violencia mediante entrevistas y observación de campo, particularmente en la hinchada de Peñarol.

  "El tema no es de ahora -comenta- y si hoy alcanza ribetes de gravedad es porque hay una crisis social con válvula de escape en la violencia que se expresa en el fútbol y en otros lados." A mediados de los sesenta, el club Rubén Darío, que militaba en la Extra de entonces, debió pagar con once años de desafiliación su liderazgo en una gresca. El proceso de consolidación de las "pesadas" de Peñarol y Nacional comenzó a fines de la misma década. La violencia verbal es casi una ley, porque la gente va a la cancha a expresar sentimientos, dice Canessa. Y el "alquiler" de hinchas, particularmente entre los cuadros chicos, es moneda corriente. En 1987 Defensor le ganó a Nacional la final del Campeonato Uruguayo. "Las entradas se habían agotado tres días antes. En ese momento la cancha de Defensor tenía cuatro tribunas, de las cuales tres y media estaban llenas de hinchas de Nacional, y la media restante con los del locatario reforzado por adherentes de Peñarol, a los cuales les habían regalado la entrada", recuerda Canessa.

  Una cosa es la mentalidad de quien se vende para ir a alentar a un equipo y otra la pasión que lleva a gente de todas las clases y edades a decir que un cuadro es "su vida". Esa carga libidinal depositada, al fin de cuentas, en un trapo, es lo que explica que la hinchada sea una especie de grupo étnico, con antepasados e historia comunes, que construye su imaginario, sus puntos de referencia, sus lugares de reunión, su liturgia. Y actúa en consecuencia. Factores como la droga y el alcohol contribuyen a la enajenación -admite Canessa- pero lo central es que el hincha se siente protagonista del espectáculo. Eso marca determinadas coherencias. Por ejemplo, si se cantó que se iba a reventar al otro después hay que ir a reventarlo, más allá del resultado del partido.

  Esta conducta de perfil tribal tiene matices muy claros. En primer lugar, las auténticas barras bravas son las argentinas y las de los países europeos, por número de integrantes y niveles de organización. "En Argentina la barra brava de Boca tuvo personería jurídica hasta que mataron un hincha de River y se la sacaron. El Abuelo, su líder, comandaba una mafia que afuera del Estadio cobraba por los puestos que se instalaban, la reventa de entradas, etcétera. En Argentina las hinchadas de todos los cuadros se contratan para cualquier cosa: desde actos políticos hasta cantos a favor o en contra de quien sea". Y en Europa están infestadas de neonazis, con lugares específicos de reunión en la sede de los clubes y una incidencia muy superior a los modestos exaltados uruguayos. "Aquí estos grupos son como la barra de la esquina, sólo que un poco más grandes", argumenta Canessa.

  En cuanto a la apología de la muerte, el estudiante de antropología estima que los cantos son una forma inevitable de diferenciación e integración colectiva correspondiente al espíritu de etnia. "Por supuesto que el culto a la muerte es fascista, pero me niego a ver los cantos de una hinchada como el fascismo instalado entre nosotros. En todo caso pueden ser secuelas de la ideología que instaló la dictadura, pero también hay gente que mata si no le dan una moneda para el vino y nadie dice que eso sea fascismo". En tren de responsabilidades cierto periodismo deportivo muchas veces promueve la violencia que condena. "Me acuerdo de que cuando mataron a un hincha de Cerro un periodista dijo que había que hacer un muro alrededor del barrio porque 'estaba perdido'." La política no es ajena a la especificidad de las "pesadas" uruguayas, agrega Canessa. Globalmente frenteamplista la de Nacional, específicamente "tupa" la de Peñarol. Y algunas paradojas: en 1990, antes de un clásico, ambas corearon abrazadas: "Y ya lo ve, y ya lo ve, el intendente es Tabaré". Después del partido igual se trenzaron.

A LA GUERRA

  Jesús Chalela es un psicólogo deportivo que ha trabajado mucho con las divisionales juveniles (sub 20 y sub 17) y en su profesión es el primer uruguayo que está realizando -en Madrid- un máster en psicología de la actividad física y el deporte. Chalela concuerda con Canessa en que la violencia es un tema de siempre y confirma, antes que nada, un axioma: las masas suelen guiarse por sentimientos y no por razones. "Hay una identificación proyectiva por la cual el individuo experimenta y delega en el colectivo emociones que difícilmente expresaría en un entorno más realista. Con una base afectiva común, la masa patentiza ideales de poder, pedidos de protección y amor, imaginería heroica."

  Chalela opina que se habla mucho de la "locura" de los estadios pero se explica poco qué significa. "No sé si algunos periodistas deportivos son conscientes del peso de ciertos comentarios en un país donde el fútbol tiene más atención que cualquier otro fenómeno social. Muchas veces alientan la violencia latente. Algo que ocurre hasta en los partidos de Baby, cuando los padres llegan a trompearse por un resultado."

  Pichon Rivière, el "padre" de la psicología evolutiva, en su Psicología de la vida cotidiana ya mencionaba que la estrategia, uno de los componentes básicos del deporte, lo es también de la guerra. El individuo y el grupo buscan vencer al rival, y de ese núcleo arrancan los desfasajes, la ilusión de actuar como un jugador más, y la poca resistencia a la frustración de perder. Los "cortocircuitos" que se producen en esta dinámica muchas veces afectan a la interna de las hinchadas, explica a su vez Chalela. Otros autores hablan de una "criminalidad sincronizada de las muchedumbres" -"lo cual es un poco exagerado", advierte el psicólogo uruguayo- y otros de "regresión con afloración de estados de ánimo primitivos". La respuesta violenta es una consecuencia inmediata de todo esto, y allí entra esa especie de "fascismo" de los cantos, que implican nada más que "un impulso exhibicionista similar a cuando en cualquier guerra se le corta la cabeza al enemigo y se la exhibe en señal de victoria".

  La prevención de la violencia pasa por tres ejes, piensa Chalela. El primero es el educativo. "No exaltar carismáticamente lo instintivo sino lo lúdico. En las divisiones infantiles del rugby y del handbol uruguayo se está haciendo: lo llaman el tercer tiempo. Después del partido ambos equipos se van a tomar algo juntos, comparten. En el fútbol todavía queda mucho por hacer con los 60.000 gurises inscritos en el Baby; en parte por la escasez de docentes y también por la presión a la que se los somete continuamente." Los dos ejes restantes serían la adecuación de toda el área normativa, que abarca desde la tarea policial hasta la legislativa, y la difusión permanente del juego limpio. "Lo que los chiquilines quieren -concluye Chalela- es jugar a la pelota."