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LA LEYENDA DE
TABARE Aldyr García Shlee |
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Si la leyenda fué mayor
Estoy escuchando la definición por penales del partido entre
Nacional y Peñarol, que decidirá quien va a ser el segundo representante
de Uruguay en la Copa Libertadores de América, y me acuerdo de Tabaré. Me
acuerdo de él porque fue único.
Sé que a Scarone, por ejemplo, hasta hoy se lo considera el mejor
del mundo –incluso superior a Pelé y Maradona– porque jugaba en las
diez posiciones de la cancha; pero, también, porque nunca erraba los
penales. En veintidós años de futbolista pateó ciento diecisiete penales
e hizo ciento dieciséis goles (una pelota dio en el travesaño, contra
Wanderers).
Cuentan que Scarone, cuando ya se había retirado de las canchas, fue
invitado a almorzar con los jugadores de la selección uruguaya que se
preparaba para debutar en el Campeonato Sudamericano, en Montevideo. Se
presentó de saco y corbata, solemne en sus actos y definitivo en sus
opiniones, incluso cuando todos estaban de acuerdo en que el penal es una
lotería y el gol, en esas circunstancias, un accidente. –“Lo de los
penales es algo que no se puede prever, es algo fortuito–– decían; y él
estuvo en total desacuerdo, con la autoridad de quien sólo errara uno en
ciento diecisiete: –Un penal no se puede errar –afirmó– convertir el
gol de penal es la obligación de cualquier profesional: estamos a once
pasos de un hombre parado en el medio de dos palos separados por siete
metros y pico –los que saben pegarle a una pelota, y para eso cobran, no
tienen derecho a errar, basta mirar las redes y pegarle bien a la pelota (¡tirale
fuerte que está adentro!) y no habrá quien lo ataje”. Entonces, Aníbal
Paz y Roque Máspoli, los arqueros del seleccionado, fueron desafiados por
Scarone para que salieran a la cancha y trataran de atajar los penales
pateados por él. Y es así que se vistieron y vieron cómo se colocaba
delante de la pelota, de saco y corbata, aquel hombre antiguo, solemne y
definitivo, mandando a las redes una, dos, tres, cuatro, cinco pelotas
seguidas, ante cada uno, sin que pudieran esbozar el más mínimo gesto de
defensa. ¡No erró un solo penal! (En el arco de la Tribuna Colombes comienza la
ejecución de los penales. Sergio Martínez tira el primero para Peñarol y
vence a Seré: 1 a 0).
Sin embargo, nadie igualó a Tabaré. Nunca erró un penal ni se hizo
un solo gol en contra. Y fue toda su vida un zaguero que tanto comandaba a
los otros allí atrás, sacando pelotas imposibles de encima de la línea,
como acertaba siempre todas las penas máximas favorables con un pelotazo
seco, directo a las redes.
En su área –de la que se sentía dueño– era un tipo rabioso, a
los gritos con sus compañeros y con el propio golero, el rostro contraído
como de quien anda a los puñetazos. Para él no había pelota disputada,
mucho menos pelota perdida: se anticipaba, las devolvía todas; para decidir
a su favor metía el pie con una decisión que sólo sus adversarios podrían
atestiguar (se arriesgaba como si nunca fuese a llevar la peor parte, como
si jamás le fueran a hacer un gol, como si nunca pudiera perder un
partido).
Cuando se producía un penal a favor de su equipo, mientras sus compañeros
festejaban o sólo sonreían, atravesaba la cancha sin prisa, mirando las
puntas de sus zapatos, tomaba la pelota y la colocaba en la marca. No miraba
al juez ni al golero contrario, no se quedaba de manos en la cintura, no
tomaba mucha distancia, ni volvía los ojos a los lados; sólo esperaba la
autorización y, entonces, pateaba fuerte y la metía en el arco. Luego, se
volvía callado, al paso, hacia el medio del campo, mientras iba recibiendo
los saludos de los demás. (Le toca el turno a Nacional. Soca envía la
pelota a las redes consiguiendo el empate: 1 a 1 ).
Fue una pena que Tabaré no se hubiera ido, que no se hubiera hecho
profesional como tantos otros que salieron adelante jugando en los grandes
equipos de Brasil y de Uruguay. Tabaré era un chiquilín en los tiempos de
Cardeal, quien jugó en Nacional de Montevideo y en Flurninense de Río. Con
seguridad Tabaré habrá jugado contra Matías González y Julio Pérez, que
fueron campeones del mundo, o contra Juvenal y Tesourinha, que no fueron
campeones del mundo. Tal vez lo hayan comparado con Matías González por la
entrega y por la garra; tal vez hayan dicho que era mejor que Juvenal,
Juvenal Amarillo, que vino de Santa Vitória do Palmar, que jugó en el
Brasil de Pelotas en el Cruzeiro de Porto Alegre, en el Flamengo de Río y
fue back de la selección
brasilera que dirigió Flávio Costa en aquella final de 1950, en Maracaná. (Méndez pone en ventaja a Peñarol: 2 a 1).
Es curioso que nadie se acuerde más de Tabaré, cuyo apellido nadie
supo, cuyo padre y cuya madre nadie conoció. Es curioso que no se supiese
donde vivía Tabaré, de dónde venía y hacia donde iba. ¿Tabaré de qué?
¿Tabaré por qué? Y allí estaba él, plantado dentro del área, de
zaguero del cuadro de juveniles dándolo todo en el campo y pateando sin
errar sus penales (había gente que los sábados iba a ver el entrenamiento
de los chiquilines sólo para presenciar los penales tirados por Tabaré,
siempre adentro del arco –eran diez, veinte, treinta... ¡ya no tenía
gracia apostar a que iba a errar un tiro!).
Con quince años, Tabaré pasó de las inferiores a la primera. Y
durante más de quince años sacó pelotas encima de la línea; marcó, uno
a uno, cada pena¡ a favor de su equipo sin hacerse un solo gol en contra.
Durante quince años todos opinamos que era el mejor zaguero que habíamos
conocido y que en cualquier momento se iría para Río o para Montevideo
–como Cardeal– y que quizá siendo brasilero como los de Yaguarón, o
tal vez, uruguayo, según lo insinuaba su nombre, merecía jugar en la
selección nacional. (Saravia convierte para Nacional y de nuevo hay
empate: 2 a 2).
Sí: todo el mundo hace goles de pena]. Pero nadie como Tabaré, que
los hacía siempre. En una ocasión, cuando ya había convertido su penal
–por el que su equipo había conseguido el 1 a 1, siendo suficiente el
empate para lograr el campeonato–, oyó claramente que el capitán
adversario mandaba quebrar al golero, porque faltaban apenas diez minutos y
sólo así era posible ganar el partido; pero no tuvo tiempo de advertir al
arquero, pues éste casi enseguida se arrojó tras una pelota que llegó al
área y allí quedó enroscado de dolor, después de recibir un golpe en el
codo, contra la espalda (en aquel tiempo no se hacían cambios). Con el
mismo gesto de quien va a patear un penal, Tabaré se dirigió indiferente
hacia el golero, que era retirado del campo en brazos, le quitó la camiseta
y las rodilleras y, despacio, se dirigió al arco, donde se vistió como era
debido y al fin atajó todas las pelotas que los adversarios consiguieron
patear o apenas levantar al área, creyendo que aún tenían tiempo para
ganar el partido. Cuando sonó el pitazo final, todos corrieron hacia él e
intentaron levantarlo en hombros como el héroe de la jornada. Pero Tabaré
se negó con una parca sonrisa y fue el primero en abandonar la cancha,
entre abrazos y palmaditas en la espalda. (Paz, marca el tercero de Peñarol y establece una
nueva ventaja: 3 a 2).
Así son las cosas... Cuentan que cuando gurí, Tabaré era tosco: no
tenía lugar entre los más corpulentos y sólo jugaba con los más pequeños
porque amenazaba con arruinarles el juego si no lo dejaban entrar. Entonces
permanecía atrás, pegándole como viniera pero sin marcar a nadie para no
ser dribleado. Un día aparecieron con una pelota de goma que saltaba mucho,
que picaba demasiado (no era
como la pelota de trapo, que se dominaba fácil, se levantaba con un toque,
volvía al piso, se sabía donde estaba, donde iba a caer, dónde iba a
parar). E hicieron bailar a Tabaré con aquella pelota maniática: ¡las
erraba todas, se trastornaba, le pegaba como borracho.
Cuentan también que Tabaré sólo conoció la pelota de cuero en una
práctica convocada para formar el cuadro de juveniles (era una pelota
grande y puntiaguda, muy vieja y curtida, de tientos gastados y gajos
grandes, como ya no se usan). Estaban todos frente al arco, pateando aquella
pelota antes de que se eligieran los jugadores; había dos o tres entre los
palos y los demás haciendo pases y tirando al arco. Tabaré llegó con unos
enormes pantalones desteñidos, que le caían debajo de las rodillas y es
probable que haya esperado un pase en vano, porque no hay noticia de que
haya recibido una pelota ni pateado al gol. Lo que se dijo es que alguien
tuvo la idea de entrenar con la pelota quieta y que comenzaron a tirar
penales hasta que, habiendo pateado tres o cuatro veces cada uno, le
pidieron al de los pantalones largos que también hiciera la prueba.
Entonces tiró una, dos, tres, seis, diez, veinte –quién sabe cuántas
veces–, y los hizo todos! Se llamaba Tabaré y, antes de patear el primer
pena¡, pidió la pelota–, la tomó fuertemente entre las manos, como si
la fuese a amasar, y miró derecho hacia el arco, como si su mirada pudiera
determinar a la perfección la trayectoria que tenía que cumplir el balón
hasta las inexistentes redes. (Wilmar Cabrera convierte el tercer penal que le
corresponde a Nacional: 3 a 3).
Sí. Tabaré tenía trece años cuando se presentó a jugar en los
juveniles y no se sabe quién lo llevó ni por qué lo admitieron. En
realidad, parece que sólo lo aceptaron porque, estando vestido, ejecutó
aquella cantidad de penales sin errar ninguno. Los muchachos sólo lo conocían
de los interminables partidos que atravesaban mañanas y tardes en los
resecos campitos de los alrededores, o los que se hacían de noche en medio
de una calle polvorienta y mal iluminada. Cuando se jugaba con pelota de
goma miraba de afuera. Y sólo se atrevía a jugar con los más chicos,
porque éstos no se animaban a driblearlo, enredados con la pelota de trapo.
Es seguro que mientras Tabaré jugó al fútbol, ni fumó ni bebió.
Dicen que tenía temor a las mujeres y que nunca se desnudó ante los otros
jugadores: era siempre el primero en ingresar al vestuario y el último en
salir después de cada partido. Solía permanecer descalzo, con la camiseta
empapada de sudor sentado en su sitio, quieto, cuando se celebraba una
victoria o se lamentaba una derrota; no se movía hasta que ya no se
escuchaba una palabra y no quedaba nadie a su alrededor.
Nunca se hizo cuestión sobre su resistencia a las mujeres. Tabaré
era muy respetado en la cancha como para que se anduviera especulando sobre
lo que hacía afuera, o lo que dejaba de hacer. De hecho, es como si Tabaré
sólo hubiera existido dentro de la cancha; aun más: como si sólo hubiera
existido en los momentos de desesperación en que la pelota estaba entrando
y surgía su pie salvador para evitar el gol sobre la línea fatal o, desde
luego, cuando el juez cobraba penal y allá iba él para hacer el gol
inevitable. (Alvez, el golero de Peñarol, se encarga del
cuarto tiro. Hace un amague y empuja la pelota a la red. El juez invalida
todo y ordena una nueva ejecución. Alvez patea y pone el 4 a 3)
¡Hasta un golero tirando penales! Bueno, al menos así un golero es
noticia. Ahora, de Tabaré, no hay noticias. A la inversa de lo que ocurre
con otras personas que se fueron, que simplemente desaparecieron o murieron,
nadie tiene la más mínima información sobre Tabaré. No se sabe nada, así
como nunca se supo mucho. Sólo quedan recuerdos que se van haciendo cada
vez más escasos, cosas que cada vez menos gente es capaz de recordar, cada
vez con menos precisión, cada vez con menos certeza y que se transforman en
dudas que los más jóvenes estimulan y tornan como exageraciones, como
invenciones de quien vive del pasado, dominado por una entrañable nostalgia
que se construye de memorias alimentadas por la imaginación.
Que se sepa, Tabaré no tuvo amigos (es probable que siempre llegara
solo a la cancha, así como se retiraba solo: el último en permanecer en el
vestuario, el último en salir). También se ignora si tenía empleo (en su
tiempo sólo se entrenaba una vez a la semana: sábado a la tarde o domingo
de mañana, el resto de los días cada uno se ocupaba por sobrevivir). Y si
hay dudas sobre si trabajaba, en cambio es claro, muy claro, que ni
estudiaba ni tenía novia (pues hubiera habido alguien –un compañero
cualquiera, alguna mujer– que hubiera dicho:–mira Tabaré, es compañero
mío–, o es el novio de fulana o mengana.
Tabaré sólo jugaba y entrenaba: no hacía goles en contra ni erraba
penales. Pero no existía fuera de la cancha: no tenía parientes ni amigos;
no era compinche ni vecino de nadie como dentro de la cancha, donde metía
el pie como si nunca fuese a llevar la peor parte, como si jamás le fueran
a hacer un gol, como sin nunca pudiera perder un partido. (Esta vez es Yubert Lemos el que tira para
Nacional: ¡la pelota pega en el travesaño! Erra Lemos y Peñarol queda en
ventaja: 4 a 3).
¡Ah! Cuando Platini... cuando Zico y Sócrates erraron aquellos
penales... Cuando Ruben Sosa, cuando el “Pato” Aguilera... Si Pelé, si
Maradona... ¿Por qué Yubert Lemos no habría de errar? ¿Por qué no habría
de errar Tabaré, que jugaba de pantalón desteñido, de camiseta rasgada en
los sobacos?
(iSuperman! ¡Superman! ¡Superman
Seré! –grita el relator
Nadie es perfecto. Y Tabaré también tendría sus defectos,
tal vez. no dominara el juego aéreo, ya que nadie se acuerda de que
cabeceara bien, tú si saltaba lo suficiente, ni si era preciso en las
pelotas altas, tal vez no supiera salir jugando, puesto que tampoco hay
quien lo recuerde dominando la pelota, conduciéndola con facilidad o
haciendo pases certeros. Tabaré también habrá errado y fallado. Pero
alcanzaba con saber que allá en el área había un comandante, una barrera,
un salvador, para que se olvidara cualquier error o falla, mucho más en la
medida que era una garantía de gol en cada penal a favor (Tabaré
atravesaba el campo sin prisa, mirando las puntas de sus zapatos, tomaba la
pelota y todos sabían lo que iba a ocurrir).
Lo que se lamenta, lo que yo lamento, es no saber más sobre él. Sé
que, al final, nadie sabe mucho sobre los jugadores de fútbol que un día
fueron vistos en la cancha o en las fotografías de las revistas y los
diarios, esos que ahora podemos ver en la televisión o aquellos viejos ídolos
a quienes acompañábamos por la radio. Claro, muchos habrán muerto, ¿pero
qué fin llevaron los otros, tantos otros como Tabaré? ¿Quién se acuerda
de Mineiro, que fue de Madureira y creo que también de Bangú? ¿Y
Geraldino, de Canto do Río? ¿Qué pasó con Lelé e Isaías, que formaban
los–tres chiflados con Jair, el increíble maestro Jajá, el Jair Rosa
Pinto? ¿Qué fin llevaron 109, Pedro Amorim, Pé de Valsa? ¿Y Zé do
Monte, Beracochea, Rafagnelli? ¿Fabrini, Atilio García, Porta? ¿Qué ha
sido de Isidro Lángara y Angel Zubieta, del inigualable San Lorenzo? ¿Y
Nasazzi, Ciocca, Arispe? ¿Y Severino Varela? (Es a todo o nada: el último penal para los
tricolores. Tony Gómez va y lo convierte: ¡4 a 4! – Termina empatado y
será necesario desempatar otra vez a penales, de uno en uno).
Al final, ¿qué pude o puedo saber de Tomires y Pavao, de Abadie, de
Sasía, de Troche, de Fernando Morena, de Bido, Pitico y Pio, si sé poco o
nada de Tabaré, aparte de los penales que metía sin errar y de las pelotas
que sin fallar sacaba sobre la línea del gol?
Dicen de uno que está enfermo; de otro que es director técnico; y
de otro más que fue masajista, utilero o que se encarga de cuidar el pasto
de la cancha... y de ninguno se sabe mucho más que eso... Pero de Tabaré
no se sabe nada. Es claro: hubo y hay otros Tabaré (hasta el intendente de
Montevideo se llama Tabaré), como Tabaré Carrara, que también jugó al fútbol
y fue durante años dueño de un bar y restaurante; como Tabaré Bergara,
que tenía un campito al costado de la vía del ferrocarril, cerca de Santa
Clara de Olimar; como Tabaré dos Santos, que era tallador en las riñas de
gallos y dueño de una pista de carreras. Pero Tabaré, el zaguero que no
erraba penales y nunca hizo un gol en contra, ese fue único, al margen del
apellido y de las cosas que haya hecho o dejado de hacer dentro de la
cancha, (El penal decisivo para Peñarol: remata Domínguez
y falla. ¡Seré desvía el balón que da contra el travesaño y no entra!
Domínguez llora. Después dirá:–me siento horrible, nunca me había
pasado. Hace cinco años que estoy en este club y hoy arruiné todo... Todos
teníamos la ilusión de llegar a la Copa–).
¡La falta que hace Tabaré! El fue realmente único. Y nunca se hizo
profesional, ni jugó en un cuadro grande. Nunca hizo goles en contra,
aunque jugaba como zaguero, y nunca erró un penal, pese a ser zaguero.
Nunca fue fotografiado, ningún diario publicó siquiera la formación de su
equipo. De modo que todo lo que se sabe de él son esos recuerdos que van
resultando cada vez más raros, esas cosas que cada vez menos gente es capaz
de recordar, cada vez con menos precisión, con menos certezas, que al fin
se transforman en dudas que los más jóvenes estimulan y toman como
exageraciones, como invenciones de quien vive del pasado, dominado por una
entrañable nostalgia que se construye de memorias alimentadas por la
imaginación.
Claro: hay quien hace goles de penal y –como decía Scarone–convertir
un gol de penal es una obligación de cualquier profesional: a once pasos de
un hombre parado en medio de dos palos, separados por siete metros y pico, sólo
hay que tirarle bien fuerte y la pelota está adentro, ya nadie podrá
atajarla! (¡Wilson Núñez! –¡Gol! ¡Goooooooooooollll!
¡Wilson Núñez para Nacional!– Está ya la pelota en las redes, vencido
el arquero Alvez y asegurado el pasaje de Nacional a la Copa Libertadores de
América).
¡Tirarle fuerte que está adentro!
Terminó todo. Wilson Núñez dedica su conquista al pueblo de Salto
y a su novia María Angélica; dice que todo pasó y que ahora hay que
festejar. Sabía que en la vida se pueden errar penales, pero que contra Peñarol
no (cuando vio que la pelota entraba, pensó: –Esta es para la historia). En cambio, Tabaré nunca entró en la historia del fútbol. Y nunca erró un penal, ni se hizo un gol en contra. ¿Qué importa que haya muerto? ¿Por qué hay que creer que él, sobre todo él, que tantos penales marcó y evitó tantos goles, se fuera a matar un día? |
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