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EL “GENERAL” |
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El “Café de Londres” en 18 de Julio casi Arenal Grande es un
enjambre. Difícil resulta abrirse paso entre la gente que lo abarrota; difícil
también hacerse oír entre su híbrido rumoreo de caracola marina, roto de
cuando en cuando por el golpe seco de las bolas de marfil, o por las agudas
lanzas sonoras de los trucos y retrucos fanfarrones. Y aun, más difícil
respirar en su cajón de humo apestante a nicotina y amarillento, salvo en
las mesas de billar donde las lámparas, reflejando el color de las
pantallas que las envuelven como caperuzas, proyectan chorros de luz verde.
Es sábado y estamos en Julio.
Resalta la heterogeneidad de la muchedumbre, mucho mayor de la que se
acostumbra ver en los cafés. Viejos, jóvenes, adolescentes, blancos,
negros, mulatos, achinados, petimetres y bohemios, jefes y cadetes,
diputados y canillitas, trabajadores y mangorreros; todos, sin embargo,
enhebrados por un mismo hilo: el de la pasión nacionalófila. Dentro de la
gran cofradía constituyen “El Soviet”, secta de rompe y raja, machaza
si las hay, cuyo lema es: “nada de remilgos, derecho al grano”.
Por muy sumido que aquel pueblo parezca en sus chungas, sus polémicas,
sus juegos y cantarolas, es evidente que espera a alguien con ansiosa
expectativa. Las miradas a cada instante convergen hacia la puerta y cuando
uno exclama: ¡ahí está el General!, se produce una suspensión colectiva
que corta los ¡vale cuatro!, pronto a estallar, contiene los caballos
desaforados por dar un jaque–mate, despreocupa súbitamente de los
tapetes, los palos y las troneras; mientras los ojos unánimes, avivando la
lumbre secuaz, giran en su busca.
El “General” entra distribuyendo sonrisas y saludos. Es un hombre
alto de mentón, agudo, bigote espeso, mirada penetrante. Aun mismo esa
mejilla, a la que una enfermedad cruel ha apergaminado y enrojecido, no
deslustra su prestancia varonil. Fue exaltado al generalato a raíz de la
revolución de 1911, de la cual fue principal gestor y nervio. Vástago de
una de las familias más linajudas del país, había representado en esa
ocasión a la democracia demoledora de Bastillas.
Preparó sus tenientes, sargentos y soldados sin bullicio. Nada de
tribunas dantonianas ni de artículos polémicos: acción personal pura,
desarrollada constantemente ; siembra de persuasión dejada caer en la
calle, en las esquinas, en las plazas, en el tranvía, en cuanta oportunidad
se presentase. Cierto que la tierra estaba preparada para tales cultivos. La
necesidad de modificar los rumbos y renovar los hombres se hacía sentir
perentoriamente; pero él fue aquel que juntó las gotas dispersas e
indolentes y las convirtió en caudal vitalizador. Tenía en la palabra y
las maneras un arma formidable, porque todo lo que se retraía su lengua en
público se soltaba en los “tête à tête” o en los corrillos,
adquiriendo una elocuencia cálida, coloreada y convincente; aparte de
revelar en seguida que se estaba en presencia de un gentil hombre,
generosamente encendido por un ideal. Configuraba el tipo de caudillo,
resuelto, fascinante, vivaracho, al que jamás se puede engañar del todo,
en parte por su penetración intuitiva, y en parte porque el conocimiento de
los hombres mantiene siempre en actitud de prudente desconfianza.
Claro que lo de aristocracia y democracia nunca fué tomado por él
en serio, aunque lo aprovechara. Lo único que le importaba era la hegemonía
de Nacional, en forma que si por la salud del club y su mayor lustre hubiese
creído necesario el encumbramiento de un sátrapa, habría gastado en
entronizarlo la misma energía que derrochó en destruir las camarillas.
Allá en el fondo del café, porque siempre le gusta estar donde
menos se le vea, lo aguarda su Estado Mayor: Reyes Lerena, Moncaud, Los
Restano, los Landoni, el “gordo” Aguirre, Pastor, los Deyá, Panario,
Puppo y tantos otros. Acariciándose el mentón, el General calificaba los
chismes y denuncias, discutía planes, amonestaba, ejercía de profeta, se
aislaba, de repente, para celebrar conferencias misteriosas, se enteraba del
resultado de las comisiones que ordenaba, diligencias a veces arriesgadas,
que necesitaban verificarse en la misma “boca del lobo” y de las cuales
solían volver los comitentes con alguna protuberancia más o algún diente
menos.
Era la época brava del football en la que campeaba la viveza, poco
amiga de morales estrictas, y se representaba la comedia del amateurismo.
Los jugadores sabían que tenían en el General el más exigente de los
jefes cuando se trataba de la pelea, pero también el más indulgente para
las faltas comunes y el más acendrado tutelador para solucionarle alguna
penuria económica o alguna indigencia indumentaria, y aun para satisfacerle
algún capricho más o menos “mulero”. Los bolsillos quedaban
convertidos en hilachas de tanto andarlos rascando; ora para rescatar las
medallas de oro que un campeón en apuros había tenido que pignorar en el
Monte de Piedad; ora para vestir decorosamente a algún desarrapado, crack
en ciernes, que se acababa de descubrir en un campito; ora para comprar un
carrito de verdulero a algún jugador repentinamente deseoso de traficar en
ese ramo, o para un bautismo, o para un entierro.
La “gorda” se armaba cuando se planteaban estos socorros ante la
Directiva, o cuando alguien mocionaba allí para que se ofrecieran premios
en metálico con el objeto de estimular a los cuadros, porque, aunque no
abundaban, nunca faltaban en su seno varones ejemplares, aferrados a las
normas canónicas. Se dice que para vencer los escrúpulos es necesario dar
con la cantidad; lo cierto es que lo que se precisa generalmente es dar con
la fórmula. Las transacciones solían tener cierta comicidad farisea.
Verbigracia: se repudiaba el dar dinero, pero se votaba, con la conformidad
de todas las conciencias, una suma de pesos, que se estiraba o encogía,
como acordeón, según la trascendencia de los partidos, para que los
muchachos festejaran la victoria reunidos en ágape.
Una vez el General, para quien lo que interesaba, como he dicho, era
mantener la moral del soldado y no la de beatos, formuló ante la Comisión
–de la cual formaba parte– un proyecto de subsidio extraordinario para
uno de los grandes centro halfs que hemos tenido. Era una suma fabulosa (¿qué
diríamos hoy?) cincuenta pesos.
El General que por lo común, seguro de la mayoría, escuchaba las
monsergas puritanas sin apearse de su sonrisita sardónica, esta vez se
encrespó, manifestando que no necesitaba que nadie le pasara el peine de la
moral, que le gustaría ser confesor de las catones para ver si en todo
jugaban tan limpio como presumían, que bien fritos estaríamos si no tuviéramos
más que tales frailes para oficiar misas, que era más fácil tocar el
pandero que arremangarse para cumplir algo de provecho.
La tormenta iba adquiriendo un violento cariz personal, por lo que
juzgué oportuno alzar el pararrayos de la exégesis filosófica. En
realidad aquello no representaba un atentado a la moral, sino al código
vigente, que iba quedando vetusto por fuerza no de la prostitución sino de
una evolución fatal.
Por muy veraces y untuosas que fueran estas disgresiones, no
consiguieron suavizar la asperidad. Entonces se me ocurrió pedir desde la
Presidencia la opinión de uno de los dirigentes, prestigioso pichón de
notario, recién ascendido a la Directiva, mozo de flema que parecía
recortar pajaritos mientras arreciaba el borbollón. El interpelado se
levantó, alzó elegantemente el índice y nos fue contando uno por uno.
Luego buscó su cartera, sacó de ella cinco pesos, los depositó con cierta
prosopopeya sobre la mesa, y manifestó: somos diez, señor Presidente;
invito a mis distinguidos colegas a imitarme con lo cual el asunto que dará
liquidado ipso facto y en la paz de Dios. Esto es lo que propongo.
En efecto así quedó arreglado aquella vez, y también una segunda y
otra tercera. Pero el gotear se fue haciendo cada vez más fuerte y
continuo, y, por desgracia, estábamos lejos de ser cresos los que ocupábamos
cargos directivos. Una cosa es predicar el cumplimiento fiel de las pragmáticas,
y otra que se mantengan a nuestra costa. Comenzaron a disimularse
resquebrajamientos, más tarde boquetes y, al fin, las aguas rompieron la
esclusa llevándose los últimos torquemadas.
Como buen hombre de acción el General era íntegramente positivista.
Trabajaba por la Victoria y si ésta para entregarse exigía una misa, escuchaba dos. Del abolengo patricio le venía también el ser mano abierta.
Estaba lejos de nadar en la holgura, por culpa de la índole generosa, no
obstante lo cual siempre siguió dando más de lo que podía. Además poseía
un olfato de ventor para husmear a los hombres. En seguida descubría lo que
en realidad valían o buscaban. Desde el “indio” Castillo, hasta sus
principales lugartenientes, ninguno le falló. Lo contrario también es
cierto: el tiempo vino a confirmar los reparos y dudas que opuso a muchos
llegados a nuestras filas sólo por ansias de relumbre.
Así como él sacrificaba todo a su “hobby” nacionalófilo,
obligaba a sus soldados a hacer lo mismo.
–Bichito; mañana se va a ir en el birloche hasta el barrio Jacinto
Vera a traerme un tal Ángel Gutiérrez, del que tengo óptimas referencias.
A las once los espero en casa.
–Pero, General, usted cree que el molino me da el birloche para que
ande buscando gente, por ahí; no, me lo da para que le venda harina.
–¿Quién va a saber en lo que anda? No me venga con esas vidalitas
que yo soy payador viejo.
–Le juro que mañana no puedo, General. Tengo un montón de cosas
–Más urgente que lo nuestro no puede ser.
–Lo que voy a sacar en limpio es que cualquier día me echen del
empleo.
–¡Qué lo van a echar!.. a menos que sea zonzo.
No había modo de eludir el lazo. Podía jugarse diez a uno que al
otro día, antes de las once, arrastrando a Gutiérrez; Bichito estaría
golpeando la puerta de la casa del General.
Así tuvimos durante años un “General” y un “Soviet” a los
que se podía recurrir en cualquier circunstancia, sabiéndose
anticipadamente que no existía para ellos empresa imposible. Casi todos los
golpes maestros de la época, en materia de estrategia parafutballística
–no siempre muy encomiables, hay que decirlo– se fraguaron en la
Comandancia Militar ubicada en el Café Londres, a veces en combinación con
el núcleo de “La Barraca” (que también hacía de las suyas), a veces
campeando sólo, y por lo general en el ayuno de la Directiva, la que recién
se enteraba o aspaventaba enterarse de la verdad, después que las bombas
estallaban.
–Dr. – me dijo, sin mucho preámbulo. – “El Rata” tiene que
jugar mañana.
–Pero, si usted mismo lo hizo suspender.
–No lo niego. Pero eso fue el martes y mañana es domingo y
jugamos contra Universal, que es muy capaz de ponernos las peras al cuarto.
–Podía haberlo pensado antes.
–¡Caray, doctor!: los hombres somos seres razonables, podemos
cambiar de opinión. Vea, hoy vinieron a verme Foglino, Dacal y Porta. Los
tres piensan que sin Somma la cosa va a ser peliagudísíma.
En ese momento suena el timbre de la calle y, un minuto después,
me hacen pasar a la prócer trilogía nombrada. Era evidente que el
General los había traído de reserva para que me pegaran el tiro de gracia,
caso que hiciera falta.
–¡Qué casualidad!– simulando asombro, exclama el General –
precisamente lo estaba informando al doctor sobre lo que me dijeron. ¿No es
verdad que Somma nos hace falta como el pan, para mañana
–Sí – responden a una los tres – como el pan.
–Dudo que la Comisión se eche atrás – arguyo.
–Yo no lo dudo, tengo la certeza – manifiesta el General; –pero
no deja de ser una estupidez. Hay gente que ha tomado el Club como si fuera
monje obligado a sacudirse las propias nalgas con los cilicios para
purificarse. Es una coquetería barata que da chapa de austeridad, y ¿a quién
no le gusta empilcharse con ese poncho? Sólo que si se mira bien la chapa
no dice: doctor en probidad, sino doctor en imbecilidad. Porque vamos a ver:
usted está por entrar en batalla campal y tiene en arresto al mejor de los
batallones por haberse propasado un poco en un candombe: ¿se va a privar de
un plantel imprescindible por darle un gusto a la disciplina? ¡ Al diablo
con ella! Ese es el caso del “Rata”.
–Bueno. ¿Y qué?
–Que tenemos que abrirle la puerta de la cárcel para que se
escape.
–Usted sabe que yo no tengo la llave, sino la Directiva.
–A esa vamos a dejarla quieta. En cuanto a lo de la llave no se
preocupe, porque nosotros tenemos limas y ganzúas.
–¿Qué están tramando?
–Nada. Pero supóngase que al wing que han nombrado le pasa un
accidente y no puede llegar al campo. ¿Quién está libre de un secuestro
en estos tiempos? Cualquiera puede haber salido a campaña y perder el
ferrocarril. Imagínese que el juez está ya con el pito en la mano, el
forward no aparece y vienen a decirle: aquí está Somma pidiendo por favor
que lo dejen rehabilitarse. ¿Va a dejar que Nacional juegue con diez
hombres y se exponga a perder el campeonato por puro romanticismo? No lo
creo tan bobo.
–Sí, doctor – me suplican, realmente anhelosos, los tres cracks
– hágalo por el Club y por nosotros.
–Está bien. Voy a entrar en la conspiración. Después se verá lo
que pasa – respondo, decidido. – más allá de guillotinarme no ha de
ir.
–Yo se lo adelanto –asegura el General–: se gana y después
salimos todos bailando el cancán.
El delegado de Peñarol en Buenos Aires que había recibido el mismo
encargue y era amigo del General, fue a verlo en seguida.
–Vea – le manifestó – el asunto nos interesa por igual a los
dos.
–No – respondió aquél –, por igual no. Ustedes tienen dos
fichas en el tapete y nosotros una. Las matemáticas son las matemáticas.
–Pero –eso no quita, creo yo, que nos comprometamos a trabajar
juntos y a comunicarnos cualquier arbitrio factible que se logre.
–Claro que no. Vaya tranquilo.
El General y Rovegno removieron el cielo y la tierra, pero no
pudieron conseguir ni una canoa. Ya habíamos enterrado las esperanzas
cuando en la noche del sábado recibimos un telegrama tan lacónico como
grato. Decía: cuenten con Rasquetita (Scarone). Efectivamente, al otro día de
mañana, éste arribaba a Montevideo, en un piróscafo inglés.
–¿Y Pérez y Gradín? – le preguntamos.
–Bien, gracias. Allá quedaron – nos participó Rasquetita,
ilustrando el informe con guiños mefistofélicos.
El General después aclaró su conducta ante el amigo: cuando se le
presentó la oportunidad no le dió tiempo a nada. Fue algo repentino y
casual. Scarone se había tenido, que embarcar hasta sin la valija. Además
no admitían más que a uno y no iba a perder la ocasión. Del mal el menos
(sobre todo, pensaría, cuando el menos nos es enteramente favorable). Vd.
sabrá disculpar, querido compañero, etc., etc.
Entretanto nadie le sacaba el gozo de haber fumado en pito a los
rivales. Y para completar la ventura, a la nochecita le llegaba la noticia
de la victoria de Nacional con un par de goles metidos por Rasquetita.
Como don Juan el balompié ha subido a todos los palacios y bajado a
todas las cabañas, dejando regueros, apasionados. No hay sitio en donde no
se encuentre un “hincha” dispuesto a cualquier cosa. Así sé ha
convertido, el football en el más alto Jesús del Gran Poder. Es una
verdadera fuerza mágica a cuyo conjuro no hay norma augusta que no se
tuerza, ni valladar granítico, que no se reblandezca. EL SECUESTRO DE UN JUEZ
–Lo que ustedes vienen a solicitarme – nos dijo el Jefe, un gran
caballero, afecto al turf, pero que platónicamente sabíamos que cojeaba
del mismo pie que nosotros, – es algo que está por encima de mis fuerzas.
Por lo pronto se necesita una orden del juez.
–Eso es lo de menos – manifestó el General.
–No; es lo de más.
–Digo que es lo de menos porque al señor juez lo tenemos cerquita
a nuestra disposición.
–¿Cómo?
–Sí, está aquí, en la puerta de la Jefatura, dentro de un auto.
–No puedo creerlo.
–Si nos da licencia se lo vamos a demostrar.
–Efectivamente, teníamos al juez dentro de un Ford, allí, al
borde de la calzada. Era un
hombre anciano ya, asmático, al que habíamos arrancado de entre las sábanas
para mantenerlo más a mano, no sin la complicidad de sus hijas y su mujer,
buenas camaradas de la santa causa. El Jefe no pudo ocultar su asombro.
–Supongo, señor Juez – indagó – que no lo traen bajo amenaza,
que no se trata de un secuestro.
–Casi, casi –respondió aquél, encendiendo un cigarrillo–, lo
cierto es que estos buenos señores me sacaron del lecho, y no sé si debo
aquí denunciarlos por extorsión o avergonzarme por mi debilidad.
El caso fue que la “debilidad” de la magistratura contaminó al
Jefe, y a las dos de la madrugada, con ellos al frente, íbamos a poner en
libertad al “Tanque”, hecho inaudito, según guardianes envejecidos en
el oficio, quienes juraban no haber visto jamás, después del toque de
queda, abrirse las puertas de la Cárcel Central para dar salida a un preso.
Con varones vigorosos y resueltos como éste, cuya semblanza he
querido animar apelando más a los hechos que a las palabras, ¿a quién
podrá extrañar que Nacional haya llegado a la cumbre en que hoy se halla?
Sólo debemos desear que nunca le falten brazos y espíritus como los que
puso a su servicio el General, del que muy bien dijo a la hora de su muerte,
acaecida en 1919, don José María Muñoz, otra de nuestras figuras
preclaras: “con sus hechos, con sus acciones, con sus hazañas y sus
sacrificios, tejeremos nosotros su historia, y ella será la que, repetida
por los años de los años, hará mantener viva e incólume la grandeza de
su nombre y el cariño inextinguible entre los que en el porvenir formen en
la columna de Nacional”.
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