Publicado en el Semanario Brecha

50 AÑOS DE LA MUTUAL DE FUTBOLISTAS (I)

Pasión de muchos, sustento de pocos

El martes 6 la Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales celebró sus 50 años de vida.   El siguiente informe, elaborado a partir de una investigación histórica de Vito Galeandro, reconstruye las diferentes etapas de la agremiación y revela las conflictivas relaciones que existen en el fútbol desde el ángulo de sus principales trabajadores: los futbolistas.

Nelson Cesin

El pecado original fue de los ingleses, culpables más tarde de inocular la fiebre de ese virus llamado fútbol al puñado de criollos que, impávidos, veían cómo un grupo de marinos británicos se desplazaban al antojo de una pelota en los campos baldíos de Punta Carretas. También fue en Inglaterra donde aparecieron los primeros síntomas de disconformidad entre los futbolistas. Fundada la Football Association (FA) en 1863, y luego de ajustes en cuanto a la unificación y expansión de las reglas de juego, el fútbol recién se consolidó como deporte en Inglaterra cuando en 1871 se creó la Challenge Cup. El siguiente paso se dio 14 años después al admitirse oficialmente el profesionalismo, una consecuencia inevitable de la propagación de la fiebre desde los colegios y universidades hasta los centros industriales.

Ya por esos tiempos el arquero del Wolverhampton Wanderers, de apellido Rose, envió una carta a los capitanes de los clubes de primera división proponiendo fundar una unión para "proteger los intereses profesionales" de los deportistas británicos. La iniciativa individual tuvo pronta repercusión colectiva y a fines del siglo pasado se creaba la Unión Nacional de Jugadores Asociados, el primer sindicato de futbolistas y referente ineludible de futuras asociaciones. Pero no obtuvo menos repercusión el siguiente paso de los futbolistas agremiados: afiliarse a la Federación de Sindicatos ingleses. Los dirigentes de los clubes rechazaron semejante osadía y no vacilaron en arrastrar al fútbol al primer conflicto de que se tenga memoria entre los que mandaban y los que jugaban. El enfrentamiento llegó a tal extremo que, en 1909, los futbolistas decidieron marchar a la huelga -también la primera en su género- que duró

El desembarco

La afluencia de inmigrantes a este lado del Plata, con su carga de hábitos y costumbres entre las cuales la práctica de numerosos juegos, hizo que la recreación colectiva estuviera fundada en la competencia deportiva. Cada aluvión migratorio traía la impronta de un deporte: el vasco la pelota de mano y el frontón; el italiano la esgrima y las bochas; el francés la gimnasia; y los ingleses el criquet, el rugby y el fútbol. Desde las colectividades británicas y alemanas, y desde la institución anglocriolla de obreros ferroviarios de Villa Peñarol se impulsaría la creación, en 1900, de The Uruguay Association Football League. Sus primeros protagonistas serían los clubes Albion, Deutscher y Uruguay y un año después aparecería en escena el club Nacional como representante netamente criollo.

En un principio las relaciones entre la liga, los clubes y los jugadores no depararon mayores dolores de cabeza. En los clubes, los futbolistas se alternaban indistintamente como jugadores o dirigentes y la figura del capitán resultaba de mayor peso y preponderancia que la del presidente de la institución (véase recuadro). Pero con el correr del tiempo, y a medida que la organización se tornaba más compleja, el panorama se fue invirtiendo paulatinamente hasta que la figura del futbolista se encontró totalmente subordinada a leyes y reglamentos, disciplinamiento orquestado por los dirigentes de los clubes en honor a un supuesto y dudoso orden.

Así, durante los primeros 15 años del siglo, el fútbol criollo había transitado por un régimen ciertamente liberal donde, por ejemplo, ni rastros existían de los pases de los deportistas de una institución a otra. El compromiso de los jugadores con sus clubes quedaba reducido a la emisión por la League de un comunicado advirtiendo a los jugadores que tendrían que considerarse afiliados por toda la temporada a la institución por la que disputaran el primer partido oficial. Al finalizar la temporada el futbolista quedaba libre y de allí en adelante podía "elegir su destino" deportivo. En 1930, sin embargo, el jugador se encontraba con que esta modalidad de enrolamiento se había evaporado como consecuencia del conflicto de intereses entre los clubes "grandes" y "chicos". Ya entonces Nacional y Peñarol, con un perfil institucional más desarrollado, procuraban aglutinar a los jugadores más destacados.

Los precursores

Eran épocas de gloria: 1924, 1928 y 1930 completaban un ciclo de "uruguayos campeones de América y el mundo". Los jugadores eran elevados a la categoría de héroes casi míticos. Pero soportaban un régimen de sometimiento cuasi esclavista, solos debían hacer frente a las consecuencias de cualquier lesión severa dentro del field (como se llamaba entonces al terreno de juego) y ni siquiera tenían derecho a un carné que les permitiera acceder libremente a las canchas. Pero a sólo tres semanas de la conquista mundial del 30, unos 400 futbolistas se reunieron en el Stadium Uruguay, en la calle Yacaré, para crear la Sociedad Protectora de Jugadores, primera agremiación de futbolistas nacida para defender los derechos vulnerados de una profesión aún amateur.

Como primer paso, elevaron un petitorio a las autoridades del fútbol denunciando su situación. Los reclamos se estrellaron contra una AUF que ni siquiera toleraba la existencia de la gremial, actitud que sirvió de antesala para la inmediata iniciativa de la Sociedad Protectora: la primera huelga de futbolistas, decretada el 5 de noviembre de 1930. Diez días duró aquella huelga, sin duda mucho menos tiempo que el demandado por la calma población montevideana para superar el asombro. Pero la semilla había prendido.

Otros desafíos brillaban en el horizonte gremial a partir de 1932, año en que el fútbol deja de ser amateur. La institucionalización del profesionalismo al otro lado del Río de la Plata amenazaba con desangrar el fútbol uruguayo, ya que los jugadores de renombre optaban por emigrar. El nuevo régimen fue aun más perjudicial a los futbolistas uruguayos. En los hechos les significaba una mayor dosis de obligación, dedicación y responsabilidad sin que se previera ninguna contrapartida. Las condiciones contractuales se destacaban por la falta absoluta de equidad. Una parte -el club- era encargada de dictaminar, la otra -el jugador- de obedecer. La segunda huelga de futbolistas, decretada en 1939 por un grupo de jugadores que fugazmente consiguió reeditar bajo un nuevo nombre la gremial de futbolistas, no pudo con la dictadura de las reglas.

Tal vez un somero repaso de esas reglas sirva para demostrar por qué fracasaban los intentos para combatirlas y por qué, a su vez, los futbolistas no cejarían en su intento. El profesional que se enrolaba en un club era retenido literalmente de por vida. Cuando a una institución no le interesaba renovar el contrato, pero tampoco quería desprenderse del jugador, le alcanzaba con cederlo para no perder jamás la propiedad sobre él. En las transferencias, por cifras realmente astronómicas para la época, el futbolista veía pasar la pelota por encima sin percibir un vintén; y en caso de que quisiera retornar del exterior, debía ponerse inmediatamente a la orden de su club de origen, al cual además seguía perteneciendo. La institución era la única parte autorizada para "apreciar y decidir" sobre el rendimiento del jugador y eventualmente rescindir el contrato; no obstante, al siguiente período de

El bautismo de la Mutual

La brecha de la desigualdad entre dirigentes y futbolistas, lejos de angostarse, parecía profundizarse sin señal alguna de cambio. Sí había cambiado, y mucho, la composición del colectivo de futbolistas capaces de manejar la razón y la dignidad fuera del field con la misma destreza que sus piernas dentro del campo de juego. Fue al amparo de esa legión brillante de futbolistas que el 6 de agosto de 1946 apenas 17 profesionales creaban la Mutual Uruguaya de Futbolers Profesionales. La vanguardia de esta cruzada recayó en las figuras de Enrique Castro (presidente), Obdulio Jacinto Varela (vice) y Dalton Rosas Riolfo (secretario general). Como reconocieron sus fundadores, la Mutual nacía entre el pesimismo de unos, la desconfianza de otros y el fervor ilimitado de unos pocos. Pero nacía "no para atacar a nadie, sino para defender a alguien y ese alguien es el jugador de fútbol". Desde el arranque, los agremiados comenzaron a bregar por La intransigencia de los clubes condenó al fracaso todas las vías de negociación, y de nada sirvió la intervención del Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social en procura de viabilizar los reclamos. El 14 de octubre de 1948 la Mutual citó a una histórica asamblea para poner los puntos sobre las íes: "Desde el momento en que se fundó la Mutual, hace más de dos años, se ha bregado para obtener que las autoridades del fútbol contemplaran las aspiraciones de los jugadores, las que iban dirigidas no ya a la obtención de beneficios económicos, como se ha sostenido tergiversando las cosas, sino a la protección y amparo del futboler, que ha sido tratado como un objeto cualquiera en manos de sus únicos dueños que son los clubes, a quienes amparan los estatutos y reglamentos de la AUF", declaraban los futbolistas. Por unanimidad y aclamación del casi medio mill Las conquistas fueron muchas: el jugador que cumpliera 21 años antes del 31 de julio de cada año debía ser contratado o, en su defecto, quedaría libre para enrolarse en cualquier otro club del país o del exterior; fue abolido el sistema de las cinco citaciones, por las cuales el jugador estaba ligado de por vida al club; los jugadores menores de 21 años que no jugasen cinco partidos en la temporada quedarían libres; ningún club podría tener más de 25 contratos registrados en la AUF; el jugador que regresara al país tenía libertad de acción para enrolarse en el club que prefiriera; el futbolista obtendría diez por ciento de la cantidad por la que fuera transferido. Desaparecía gran parte de las cadenas que colgaban al cuello del jugador y, paralelamente, quedaba consolidada la herramienta gremial que habilitó la liberación del deportista. Con todo, fue necesario que ocurriera la epopeya de M * El autor de la investigación se desempeñó como futbolista, entre los años 1943 y 1956, de los clubes Nacional, Liverpool, Sud América y Rampla Juniors. Actuó como dirigente de la Mutual desde 1948 hasta 1973. Es egresado del Curso de Entrenadores de la Comisión Nacional de Educación Física, y socio fundador de la Asociación Uruguaya de Entrenadores de Fútbol.

La presencia del capitán

Con motivo de la fusión entre el Montevideo F. C. y el Uruguay A. C. -de la que naciera el Club Nacional de Football-, el 14 de mayo de 1899 se planteó entre ambas instituciones la elección de los cargos más importantes. El gran problema era la opción entre los dos capitanes, igualmente meritorios y capaces. Se optó por el sorteo del puesto, debiendo ocupar la presidencia del nuevo club el "capitán" que no resultara favorecido por la suerte. Ganó el sorteo Domingo Prat, capitán del Uruguay, y automáticamente Sebastián Puppo resultó electo presidente. La anécdota viene a cuento para testimoniar el destaque y las amplias atribuciones de que gozaban los capitanes. Eran ellos quienes seleccionaban los jugadores, convenían los partidos, hacían cumplir las resoluciones de la directiva con autoridad verdaderamente ejecutiva y, además, contaban con poderes discrecionales para aplicar sanciones, suspendi También era corriente que oficiaran de asesores en la conformación de los seleccionados nacionales. El 23 de julio de 1908 el diario El Día informaba: "Anoche celebró sesión la Comisión de la Liga para nombrar una comisión compuesta por los señores Héctor R Gómez, León Peyrou y Gambín, quienes serán asesorados por todos los capitanes de primera división para confeccionar el team de combinados". Días más tarde agregaba: "Para esta noche han sido citados los capitanes de los clubes que militan en primera división, con el fin de aprobar o desechar el team que a su consideración presente la Comisión encargada de confeccionarle".

En los inicios del fútbol uruguayo se sucedían cantidad de situaciones anómalas en el transcurso de los campeonatos: suspensión de partidos por agresión al juez o invasión de público a las canchas; encuentros inconclusos por retiro en protesta de un equipo o, en ocasiones, por falta de luz diurna; futbolistas que jugaban en el torneo local y simultáneamente lo hacían en el Interior o en Buenos Aires. A todo esto, el reglamento general de la Liga permitía el reclamo de los clubes supuestamente perjudicados. Como los fallos eran apelables, ocurría que los encuentros perdidos en la cancha se ganaban en la Liga. Fue generándose así la necesidad de que los clubes estuviesen representados por delegados con buena capacidad oratoria y hábiles recursos dialécticos para una mejor defensa de sus posiciones. Comienza a surgir, entonces, la figura del "gran delegado" o, mejor dicho, del "doctor". El capitán, e La gravitación del capitán alcanzaría su máximo esplendor dentro del ciclo de las conquistas olímpicas (1924 y 28) y del Mundial (1930). Si bien la dirigencia integró una comisión de fútbol, la constitución de los equipos celestes era reservada en la práctica al capitán José Nasazzi, secundado por algún otro jugador. Con el advenimiento del profesionalismo se incorporaría la figura del director técnico. Pero en el Mundial del 50 volvería a tomar vuelo la figura del "gran capitán", representado por Obdulio Varela, "el Negro Jefe".